UNA DE DILIGENCIAS

    José Lamarque de Novoa (Sevilla, 1828-Dos Hermanas, 1904) fue un conocido y reconocido poeta –además de empresario, cónsul de varios países europeos y americanos y férreo activista monárquico y católico–, autor de numerosas obras de desigual mérito que en la Sevilla del último tercio del siglo XIX se codeó con lo más distinguido de la sociedad hispalense, amante de la cultura y la buena vida en general.
    Por motivos aún desconocidos por nosotros, aunque casi con toda seguridad relacionados con su condición de usuario de los balnearios del valle de Toranzo, se convertiría este sevillano en un visitante asiduo del mismo y, como persona curiosa que era, en un gran recopilador de historias, leyendas, tradiciones y anécdotas que fue recogiendo aquí y allá durante sus múltiples paseos y excursiones por este valle. Fruto de tales averiguaciones fueron dos libros que hoy por hoy son dos verdaderas joyas para el conocimiento de la vida de nuestros pueblos durante las últimas décadas del siglo XIX. Así, en 1879 vería la luz un trabajo que, bajo el título Recuerdos de las montañas, recopilaría una colección de baladas y leyendas escritas en verso, en su mayoría relacionadas con la época medieval de trasfondo religioso –su tema preferido–, de las cuales destaca una que tiene que ver con las luchas entre los linajes de los Villegas, los Ceballos y los Manriques tenidas lugar en el siglo XIV.
José Lamarque de Novoa.
      
    El segundo libro en el que Lamarque de Novoa escribe sobre Toranzo es el más interesante para el propósito divulgador que nos proponemos. Hacia 1878, época en que seguramente darían comienzo sus viajes a Cantabria, fue «empapándose» de las cosas de aquí, documentando sus andanzas por el valle, como ya ha quedado dicho, material que tiempo después y en forma de cartas fue remitiendo paulatinamente al director de uno de los periódicos más leídos de la ciudad de Sevilla, El Eco de Andalucía. Bajo el seudónimo de Ibero Abantiade se dieron estas a conocer en dicho medio, y también, todas reunidas en un libro que se llegó a editar en el año 1883 con el título Desde La Montaña. Cartas de impresiones de viaje dirigidas al director de El Eco de Andalucía.
    Se compone el citado libro de once misivas, estando las tres primeras dedicadas a relatar algunos aspectos del periplo en tren que le acercaría a la estación de Renedo de Piélagos, punto final de aquellos viajeros procedentes del centro y sur peninsular que tenían como destino el valle de Toranzo, y las ocho restantes a describir paisajes y paisanajes toranceses, escritos sabrosísimos que poco a poco daremos aquí a conocer. Al final de la carta III, fechada en Alceda el 14 de agosto de 1883, el autor refiere de esta manera su llegada a la citada estación:

    «Desde Torrelavega a Renedo crúzanse varios puentes, entre ellos uno de 150 metros sobre el Pas, dejando a derecha e izquierda, respectivamente, las aldeas de Zurita y Bioño. La campiña en este trayecto es bellísima y dilatada: las montañas parecen alejarse para que el viajero goce con más amplitud de la vista de las amenísimas praderas y de los extensos y apretados maizales que, agitados por la brisa de la tarde, mueven sus verdes y sonantes cañas.
    —¡Renedo! ¡Cinco minutos de parada! —grita el factor de esta estación, y todos los viajeros que tienen que dirigirse al valle de Toranzo y sus limítrofes, entre los cuales me encuentro yo, se apresuran a bajarse del tren. Del otro lado de la estación óyense crujir los látigos de los cocheros y el sonido de las campanillas que agitan, impacientes, las caballerías.
    —¡Vamos, señores! —gritan los mayorales.
    —¡Coches para Puente-Viesgo, Ontaneda y Alceda!
    —¡Gran Hotel de Alceda!
    —¡Pacheco!
    —¡Villafranca!
    Y allí se escuchan los nombres de todos los dueños de fondas y casas de huéspedes de los pueblos en que existen establecimientos balnearios.
    —¡Una cesta, caballero! —grita junto a mí uno de los cocheros; y prefiriendo, tanto yo como las personas de mi familia que me acompañan, esta clase de vehículos, por más ligeros y cómodos, confío el equipaje al mayoral de la diligencia y partimos rápidamente de la estación para internarnos de nuevo en las sinuosidades de La Montaña.
    Pero esto requiere, como vulgarmente se dice, capítulo aparte. En mi próxima, pues, me ocuparé del pintoresco y renombrado valle de Toranzo.
    Quedo, entretanto, y como siempre, de usted afectísimo amigo».

    En su siguiente carta, en cuyo pie figura el 17 de agosto del antedicho año 1883, nos cuenta el cronista andaluz una ocurrencia, o más bien peripecia, en la que él tomaría parte sin querer, acaecida en dicha estación de Renedo en uno de sus viajes anteriores. Este relato, pergeñado con una clara intención de escudriñar el carácter de las gentes llanas del país, es tan elocuente en las reflexiones y florido en el lenguaje que bien seguro hizo las delicias de los lectores de su tierra. A nosotros, desde luego, nos pareció la primera vez que lo leímos un testimonio divertido y gracioso que, incluso, nos arrancó una sonrisa de esas que a punto están de convertirse en carcajada. Esperando que a usted, amigo de la cajiga, le pase lo mismo, ahí va la ocurrencia referida:

    «Antes de ocuparme en transcribir a usted mis impresiones en el valle de Toranzo, quiero narrarle una escena asaz desagradable que presencié en Renedo en uno de mis anteriores viajes a estas montañas, y que da la pauta del carácter soberbio, pero al par poco rencoroso, de estos montañeses.

 
Modelo de recibo y anuncio publicitario extraído de la Guía del Balneario de Puente Viesgo, de 1893, de la «Diligencia La Torancesa», de Pedro Pérez de Castro, que hacía el servicio de Renedo de Piélagos a Ontaneda-Alceda —y «vice-versa»— a finales del siglo XIX. Colección R. Villegas.
     
    Era a fines de septiembre, y la temporada de baños en los establecimientos del Valle tocaba a su fin. El número de pasajeros escaseaba, por tanto, y las distintas Empresas de diligencias y carruajes se los disputaban, bien rebajando el precio del pasaje, bien tratando de atraérselos con la promesa de llegar antes que ningún otro al punto a donde se dirigían. Era aquello un pugilato diario de promesas y halagos entre las partes interesadas, que ocurría a la vista de los viajeros, y siendo ellos el objeto que con tanto empeño se debatía; pugilato que había llevado ya al último extremo las envidias y los enconos entre las citadas Empresas. ¡Cuándo hubiera podido figurarme que yo había de ser la gota de agua que hiciera rebosar el vaso, ya colmado, de estos enconos y envidias!
Llegué a Renedo, acompañado de dos personas de mi familia, el veintitrés del mencionado mes; y no bien puse el pie en el andén de la estación, me vi asediado de los mayorales y representantes de dichas Empresas.
    —Caballero, ¿quiere usted tomar los asientos de berlina de la diligencia? Por veinte reales los llevo a ustedes, sin pagar nada por el equipaje —me dijo uno de los encargados, a quien yo de antiguo conocía.
    —Yo lo llevo a usted por diez en una cesta, e irá usted más cómodo —replicó otro hombrón grueso y de grandes patillas; y uniendo la acción a la palabra, me agarraba del brazo, tratando de asegurar su presa.
    —¿Eh? Poco a poco —volvió a decir el primero, joven rubio más listo que Cardona—; yo conozco al señor, y siempre ha venido conmigo; y si tú tratas de arrebatarme el parroquiano, ofreciendo lo que no puedes cumplir, yo lo llevo de balde.
    —¿Quién te ha contado a ti que no puedo yo cumplir lo que ofrezco, zascandil? Si tú llevas a estos señores de balde, de balde también los llevo yo, y llegarán más pronto en mi cesta a donde piensan ir —volvió a replicar el de las patillas, en ademán furioso.
    —Pues yo —exclamó un tercero, —tengo una carretela que es mejor que la cesta y que la diligencia.
    —Basta ya, señores —dije yo entonces—; no quiero ir de balde a ninguna parte, y nadie fuerza mi voluntad. Voy en la diligencia, y los asientos de berlina son los que me acomodan.
    —Pues yo deseo que pruebe usted mi cesta —insistió el de las patillas—; en la diligencia tardará usted más en llegar.
    —Mientes —contestó el rubio, a quien llamaban Quico—; mis bestias son mejores que las tuyas.
    —Ni tú, ni la madre que te parió vieron jamás mejores caballos que los míos —gritó el de las patillas, lanzándose sobre Quico, y… aquí fue Troya.
    La disputa en realidad no había sido más que entre dos; pero por ensalmo, y como si hubieran brotado de las piedras, vi mezclados en la contienda nueve o diez hombres que, unos en apoyo de Quico, otros defendiendo al de las patillas, se daban puñetazos y patadas de tal naturaleza que resonaban como martillazos sobre dura piedra. Pero lo que más me admiró en esta súbita ocurrencia fue la indiferencia y tranquilidad con que otros tres o cuatro viajeros (todos montañeses, y entre ellos un cura de un pueblo rural) miraban aquella escena desagradable y molesta; y sería, a no dudarlo, porque estarían acostumbrados a presenciar con frecuencia otras iguales.
    Hubo un momento en que los combatientes estaban tan ciegos, que ya no se distinguían los amigos de los adversarios; y, como en la escena de la venta, que Cervantes nos refiere en su Don Quijote, las puñadas caían como lluvia, y nadie de entre ellos sabía a quién pegaba, ni de quién recibía las coces y los puñetazos.
Los números de la Guardia Civil, entretanto, permanecían también muy tranquilos del otro lado de la estación. Sólo a excitación mía se decidieron a intervenir en el asunto, poniendo presos a todos los contendientes.
    Terrible había sido la pelea; acá se veía un girón de camisa ensangrentado, allá dos dientes y una muela de uno de los combatientes, de entre los cuales no hubo uno tan siquiera que saliera ileso. Labios partidos, pómulos destrozados y vertiendo sangre, brazos y piernas amoratados, tal era el espectáculo repugnante que se ofreció a nuestra vista, y que produjo penosa y triste impresión en el ánimo de todos los viajeros, pero muy especialmente en el de las señoras que entre ellos se hallaban. Preciso se hace, sin embargo, que consigne yo aquí un detalle verdadero, en honra de los montañeses: ninguno de los contendientes tenía navaja, y si la guardaba alguno, ni aun intentó sacarla para llevar esta ventaja sobre su adversario. ¿Qué hubiera pasado en Sevilla o en Málaga e un lance como éste? Dejo la respuesta al buen juicio de mis lectores.
    A duras penas conseguí que la Guardia Civil pusiera en libertad a uno de los mayorales para que condujera la diligencia, en la cual entramos todos los viajeros.
    Pero el drama tuvo su epílogo. Quico, que fue el afortunado (dos veces afortunado, porque tuvo la suerte de no sacar más que un rasguño), parábase en todas las ventas del camino, que no son pocas, y, descendiendo del pescante, entraba a beber un vasito y a contar la historia de lo ocurrido al ventero, con sus pelos y señales, historia que concluía siempre y en todas partes con esta monserga: «Este D. Ibero es el que ha tenido la culpa de todo, porque avisó sin necesidad a los guardias civiles. Si éstos no hubieran intervenido, juro que…» y aquí levantaba el puño en alto, relatando al tabernero todas las proezas que él hubiera podido hacer sin la intervención de la Guardia.
    Repitiese esta escena tantas veces, que, amostazado ya, le increpé por el tiempo que nos hacía perder, a lo que él me dijo, entre enfadado y risueño:
    —Deje usted que me desahogue, ya que usted nos ha hecho la mala partida de avisar a los civiles.
    —Pues buena es esa —le contesté yo—. ¿Quería usted que los dejara matarse?
    A lo que él me replicó:
    —¡Quiá! No, señor; no llegaría la sangre al río; y además de que todo esto se concluye en la taberna.
Y, en efecto, después del juicio de faltas celebrado, del cual yo inocentemente fui la causa, y en el que, a no dudarlo, tirios y troyanos me maldecirían por haber avisado a la Guardia, me consta que todos los combatientes, aún llenos de vendajes, y el de las patillas con sus dos dientes y una muela de menos, fueron a remojar la palabra a una taberna de Alceda, donde se dieron las manos y quedaron tan amigos, como antes de la pelea; lo cual me complazco en consignar en honra y gloria de estos hijos de La Montaña, que tan perfectamente saben cumplir la cuarta obra de misericordia.
    Felizmente, en el actual viaje no ha ocurrido hasta ahora accidente alguno desagradable; si bien Quico, al hacerse cargo de mi equipaje, me dirigió, sonriéndose, una mirada de inteligencia, como recordando lo acaecido en aquel propio sitio algunos años antes».

     
Grabado extraído del libro Monografía de los baños y aguas minero-medicinales nitrógeno-acídulo-sulfuradas de Ontaneda y Alceda ó Topografía médica de los mismos, de Manuel Ruiz de Salazar y Fernández, publicado en 1876. Colección R. Villegas.

    La puesta en servicio en 1902 del ferrocarril de Astillero a Ontaneda y la progresiva implantación después del transporte motorizado por carretera, supuso que estos negocios de diligencias y otros carruajes tirados por caballos fueran languideciendo poco a poco hasta desaparecer del paisaje torancés. Con ellos pasaron a mejor vida todos los oficios relacionados con la actividad, como los mayorales, los cocheros, los espoliques, etc., y también las estampas y los sonidos propios de este trajín, que animaban la carretera, los mesones y las tabernas desde Ontaneda a Renedo y «vice-versa».

Ramón Villegas López
Editor

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