LOS OJOS DEL ARTE

Relato torancés I

Por Fernando Segura. Publicado en la revista La Montaña, La Habana (Cuba), el 22 de marzo de 1919.

 I
 
… Al producirse la explosión, de las alturas partió una voz sonora que increpaba ásperamente a los destructores de la riqueza piscícola.
    —¡Bestias! ¡Perfectas bestias! ¡Así acabaréis con las pocas truchas que nos quedan! ¡Esto no pasa en Francia! ¡Esto no pasa en Bélgica! ¡Ah! ¡Como tocase algún pito por estos pueblos! ¡La dinamita! ¡El cloruro!… ¡Sois unas bestias! ¡Sois unas perfectas bestias….
    Gritaba así, esforzando sus pulmones, todavía recios a pesar de sus muchos años, el bueno de don Agustín, el gran paisajista, a quien muchas veces, muchas, sorprendían el sol y la luna perdido en aquellas alturas, por las espesas arboledas de Entrambasmestas, arrancando sus bellezas al paisaje para trasladarlas con genial fidelidad a sus hermosos lienzos.
    —¡Ama a Dios sobre todas las cosas y a las truchas como a ti mismo! —dijo socarronamente uno de los pescadores furtivos, mientras continuaba la tarea de recoger la pesca muerta por la explosión, antes que la llevase el río. El viejo pintor siguió voceando, hasta que se fatigó y se internó de nuevo entre los gruesos troncos, robustas columnas, perdidas por el paso de los siglos, que sostenían la bóveda de follaje. No oyó, al desaparecer de aquellas peñas que se asomaban al río, otras voces que resonaran en aquellas soledades, por donde rara vez pisaba las hojas caídas, la tierra húmeda, la hierba y la maleza la planta humana.
    —¡Don Agustín, don Agustín! ¡No se altere y aguarde, que allá vamos nosotros.
    Por el camino abierto entre los árboles llegaban tres visitantes, de aspectos los tres algún tanto pintorescos. El más joven de ellos era otro artista, admirador entusiasta del pintor a quien tanto interés inspiraban las inofensivas y sabrosas truchas, víctimas de la codicia de los pescadores, a quienes les gustaba pescarlas a bragas enjutas. Con este joven llegaba un anciano, que con su lento andar marcaba el paso de los otros caminantes; el tercero de los cuales era un humilde campesino, que en uno de los hombros, sobre la tela de su blusa corta, remendada con cierto arte, y harto descolorida ya por el constante uso, apoyaba un caballete plegado y un lienzo clavado en su bastidor y cubierto en una blanca lona. Con su diestra mano asía una caja en la que los colores, los pinceles y la paleta esperaban el momento de continuar creando belleza sobre la superficie de la recia urdimbre.
    No oyó a quien le llamaba el viejo pintor que, allí arriba, se entregaba en la augusta soledad, sin más acompañantes que los pájaros, al cultivo de su arte. No le oyó, y antes de aventurarse a través de la selva con la incertidumbre y la desorientación de quien no sabe a punto fijo dónde se halla aquel a quien busca, decidieron los tres caminantes descansar a la orilla del río, cuyas aguas espumeantes, al chocar con las piedras del cauce, formaban caprichosas demostraciones de la constante actividad de la Naturaleza.
    —¿Y la chica vendrá? —preguntó el joven pintor al campesino.
    —De fijo que la tiene usté ya junto a la cagiga de siempre, porque ella a veces sube por el otro camino, que le coge más cerca. Si no ha ocurrido que se distrajo con la llegada de su novio, que es de junto aquí, y que ha dejado de vender barquillos en los Madriles para en qué para eso de las dotes de las doncellas.
    —¿En qué había de parar? —dijo el anciano, que se había sentado en una peña cubierta de musgo seco—. Parará en lo dicho. En que quiero contribuir a que no se despueblen todos estos lugares con tanta emigración y con tal escasez de bodas y bautizos. Los tres mil duros prometidos se los llevarán los tres muchachos del pueblo que en el transcurso de seis meses se casen primero.
    —¡Ay, don Cleto, bien sabe usté cuán escasos andan por acá los mozos! Ni soldados podemos dar, porque todos los jóvenes de aquí andan por el mundo, invitando en los paseos a la chiquillería a que juegue a los barquillos. Y tanto afán les ha entrado a las chicas por casarse, clavando el pensamiento en esas dotes, que ellas, ¡ellas!, cortejan al alguacil, que es cojo y tartamudo; al hijo del tío Mendaro, que tiene la cara toda llena de bultos y de granos, que parece que le ha puesto Dios ojos y boca a un ñudo rugoso de uno de esos cagigos, y hasta a mí, don Cleto, hasta a mí, con estos años que tengo, con mis inclinaciones a las cosas santas de las sacristías y mi temor a las maldades de las mujeres, me andan buscando el corazón, o si ustedes no lo toman a mal, las pícaras costillas… Y no marcaría yo mal del todo si a mis manos viniesen los veinte mil reales, pero a condición de que con ellos no me obligasen a aceptar, la cadena del matrimonio. ¿A mí grilletes? ¡Quiá! Pobre y arrastrao ando, pero quiero ser un buey de los sueltos, de los que se lamen solos.
    ¿Miedo a las voces de don Agustín los pescadores furtivos e implacables?… ¡No se suponga tal! Nuevamente estalló el explosivo, nuevamente surgió del río una columna de agua cubierta de espuma, y nuevamente se asomó al abismo abierto desde las alturas del monte hasta el cauce del plateado y rumoroso líquido, el viejo paisajista.
    Entonces, al increpar a los pescadores, vio a sus amigos que le aconsejaron la calma, diciéndole:
    —¡Son unas bestias, sí son unas bestias! ¡Pero hay que matarlos o dejarlos!
Poco después, el joven pintor, el anciano generoso, dueño de una casa solariega y de tantas talegas como blasones, y el portador de los útiles con que hacen maravillas los artistas, continuaron su ascensión, en busca de los intrincados laberintos del bosque, celoso guardador de tantas bellezas. Y pocos minutos habían transcurrido cuando otro caminante salió de entre las espesuras y avanzó con juvenil ligereza por la orilla del río. Detúvose muy pronto, porque conoció a los pescadores furtivos, y con ellos entabló un breve diálogo, proseguido luego, cuando hubieron estos recogido la pesca muerta.
    —Pues a lo que te iba —díjole uno de los destructores de la riqueza piscícola—. Que venías tú ya lo sabíamos, y que bienes al olor de las dotes prometidas por el señor de la casona que se ha metido de sopetón a casamentero… Para él será esta pesca, que nos la paga bien, después de reñirnos mucho por los procedimientos que empleamos. Pero las truchas saben ya tanto latín que del pescador de caña se ríen a carcajadas, y no creo que el rumor de las aguas, ese que oyes cuando esperas que alguien trague el anzuelo, son las risotadas de estas bribonas.
    —Lo que yo pienso, Tasio, es que has perdido el viaje y que vas a sentir el haberte dejado engañar por el cebo. Porque yo lo que veo es que tu novia, la Lucila, se ha echado la cuenta de que los barquillos no dan ya lo suficiente para que un novio leal vuelva al cabo de unos años con unos cientos de duros, para cumplir esos compromisos del cariño que la juventud de ahora olvida a cada rato.
    —¿Por qué lo dices, oye?
    —¿Por qué? Pregúntale a éste. ¿Es o no cierto que la Lucila sube todos los días al monte y allí se pasa las horas, sola con el pintor joven, con el sobrino de don Cleto?
    —Güí —respondió el otro pescador, que también había vendido barquillos en Francia.
    —Como esta parte del río es una mina, porque aquí es donde las truchas deliberan, como las otras niñas, la explotamos, aunque para colocar el explosivo no agujereamos el agua a fuerza de darle al barreno. Y nosotros vemos todos los días lo temprano que sube tu muchacha a que la pinte el señorito y lo tarde que baja. Y no sé yo… ¡¡No sé yo!!… ¡¡No sé yo!!….
    Quedose abatido el barquillero, y en su tez curtida por el sol en los parques de Madrid se advirtió una palidez intensa.
    —Tómalo con paciencia —díjole uno de sus amigos—. Y ahí te quedas, que este es el sitio mejor para que te entiendas con la moza, que por aquí suele subir, cuando no toma el otro camino.
    Fuéronse río abajo los pescadores y quedose Tasio allí, en la soledad, sintiendo en su cerebro un hervor de torrente, que iba ya ascendiendo a estruendo de catarata. Eran los celos, que venían con el estrépito de su acompañamiento de iras, a aposentarse en el corazón del barquillero…
 
Un barquillero en un parque de Madrid. Ilustración de Huertas. Revista Blanco y Negro (Madrid), 21 de enero de 1899.

II

Subió la Lucila, y subió por allí, ya con la buena noticia de que Tasio había llegado y de que la andaba buscando con ansiedad por los caminos del pueblo. Apenas le vio, llamóle a gritos, le saludó agitando un pañuelo de colorines que se quitó de encima, y aceleró el paso, hasta correr como una chiquilluca sin juicio, para aproximarse a su novio. y quedó muy sorprendida cuando a su ingenuo júbilo, contestó Tasio con una frialdad inesperada.
    —¡Muy calorada vienes! —díjola el muchacho.
    —Es la prisa que me entró por verte, Tasio.
    —¿Es la prisa o la vergüenza?
    —¡Muchos humos traes! ¿Vergüenza de qué?
    —A paliquear no vengo.
    —Oí decir que te habían traído las dotes del señor de la casona.
    —Puede que sea así… pero no vendrán a mí tales dineros, si antes no encuentro novia.
    —¿Qué dices, diablo de hombre? ¿Ya no me quieres a mí? ¡Pues me he lucido!
    —Vengo de paso… ¿Lo oyes?… Y al marcharme otra vez, pronto, muy pronto, quiero llevarme aquel retrato que te di!… Y oye, en ese guardarelo, ya lo sabes; colgado de la cadena del reloj, llevo tu rizo. Tómalo, y ve a ver si te lo puedes volver a colocar en esa cabeza loca…
    —Tu retrato no lo tengo yo…
    —¿A quién se lo diste?
    —Al señorito Ernesto, el sobrino de don Cleto…
    —¡Al pintor!
    —Al que dicen que me está retratando.
    —¿A ese con quien te pasas las horas en el monte, allá arriba, bajo las copas de los árboles, que por muy espesas que sean no le ocultan a Dios lo mal que te has portado?
    —¡Qué cosas dices, Tasio! ¡Qué cosas dices!
    —¿Qué hacéis ahí todos los días? —rugió el barquillero, con acento amenazador, áspero, imperioso…
    —Yo, estarme muy quieta, mientras él me va pintando.
    —¿Y se está quieto él?
    —No cesa de trabajar con sus pinceles… y lo más que me ordena es que me ponga allí donde el sol, pasando por entre las hojas, me dé en la cara.
    —¿Y ya te retrató del todo? —preguntó con agria ironía el mozo.
    —No lo sé, hijo; porque ni él deja ver lo que pinta ni yo soy amiga de saber, ni de ver telas pintadas.
    —Toma tu rizo, tómale. Díselo al señorito ese, que te devuelva mi retrato. ¡Le quiero, le exijo!… ¡Y ay de él como le haya roto!… ¡Le rasgaré la cara como él rasgó la mía!
Arrojó al suelo Tasio el papelito que envolvía el recuerdo capilar de su mozuca y una ráfaga de viento se lo llevó al río donde flotó unos instantes, hasta que desapareció sobre las espumas, allí donde el agua se enoja al tropezar con las piedras. Y luego, en un momento de cólera, asió de una muñeca a la chica, y con tanta fuerza la oprimió, que la hizo lanzar un grito agudo.
    —¡Mi retrato, ahora! ¡Le quiero ahora!
    —¡Corro a pedírselo, que allá arriba está el pintor! Por Dios, Tasio, no te acalores, no me maltrates.
    Soltó a la moza Tasio, y la infeliz descompuesta, a toda prisa, tropezando con las ramas caídas en las veredas, se internó en las espesuras del bosque frondoso, como una tímida gacela que huye de sus perseguidores…
    A Tasio los celos le cegaban. Le había caído todo aquello como un mazazo sobre el recio cráneo, dentro del cual el cariño, entre hervores, se iba convirtiendo en odio. Era aquella una fusión que se oreaba, al calor de una hoguera devoradora, en el crisol de un alma impetuosa. Las manos de Tasio se cerraban con fuerza, como si empuñasen ya el puñal de la venganza. El hombre primitivo, todo pasión, todo ceguedad, surgía allí, en un lugar agreste y solitario, a orillas del río nacido de los torrentes entre los troncos inclinados por los azotazos de los vientos, y dispuestos a resistir sus más fieros resoplidos. Temblaba todo su ser, en una vibración que jamás había sentido, como si en sus entrañas se agitase un nido de víboras en rápidas ondulaciones, en infinitos saltos y retorcimientos.
    Apoyose en un tronco; luego se dejó caer sobre otro que los huracanes habían derribado y que se iba pudriendo entre las ortigas y las árgomas, y en la tempestad que se desencadenaba en su ánimo, brilló, como una centella, la hoja de un puñal. ¡Él lo tenía! ¡Sí lo tenía! ¡Y no volvería a encontrar mejor ocasión para emplearlo! Quedose un momento con todos los sentidos en suspenso, con los ojos muy abiertos, con la vista fija, mirando sin ver, como un cataléptico. Luego escuchó: los rumores del río y la fronda agitada por el viento eran muy leves. La paz de la Naturaleza guarda a veces estos silencios solemnísimos, que son todos vida creadora, aunque parecen, por lo sepulcrales, todo muerte. Y cuando hubo sentido Tasio la sensación de la absoluta soledad, introdujo su diestra entre las ropas, y extrajo el arma que allí escondía, con el propósito quizás de no usarla jamás, como guardan sus ímpetus los corazones fuertes entregados a la placidez de un carácter bondadoso.
    Sí; allí estaba el vengador. Al pobre mozo, que soñaba siempre con la vuelta al pueblo, para constituir un hogar tranquilo con sus ahorros y con el cariño de la Luciluca, le habían robado todas sus ilusiones. Veía, allá en las nebulosidades de su alma ruda, que su vida se había truncado, que todos los castillos que había forjado en su imaginación se habían derrumbado: ¡que el ábrego [viento sur] se había llevado aquella choza suya, aquella su humilde vivienda en torno de la cual los hijos suyos reirían a pleno sol, saludables, sonrosados, con la misma bondad de sus padres en la mirada.
«¡Pena de muerte al ladrón», le repetía una voz allí en aquella soledad, en medio de la fragosidad de la Naturaleza…

III

       Ernesto había calmado las inquietudes de la Lucila, que le relató entre suspiros primero y entre sollozos después, la escena que acababa de tener con el barquillero.
    —No te apures —la dijo—. Yo hablaré a tu novio. Yo sé bien que se le va a quitar su mal humor en cuanto sepa qué es lo que hacemos tú y yo, aquí, en estas soledades.
    Y cuando descendían del monte, con la mozuca, los dos pintores, el anciano señor de la casa solariega y el rústico enemigo del matrimonio, cargado con el cuadro, con el caballete y con la caja de colores, Tasio estaba allí, junto al río, pensando y pensando, decidiéndose a todo, ardiendo en unos celos que le consumían el espíritu. Esperaría al atardecer y, sigilosamente, allí donde hallase el señorito, entre la melancolía del crepúsculo, le clavaría en el corazón aquella hoja, ante la cual parecían temblar todas las demás del bosque.
    Pero, ¿qué ocurrió? Pues que al descender de las alturas, aún en plena luz, cercana ya la caída de la tarde, Ernesto vio a Tasio que trataba de ocultarse entre los troncos. Le llamó con afecto, y descubriendo el cuadro en que cifraba sus esperanzas de gloria, artística, le dijo:
    —Mira, hombre, mira para qué le pedí a tu novia tu retrato.
Y Tasio se vio allí, tal como él era, muy cerca de su Lucila, hablándole al oído, henchido de cariño, en una admirable actitud de ingenuo, leal y respetuoso enamorado.
    —¡Iréis a Madrid juntos, así y cuando os caséis, en persona y en efigie!… ¡Tonto, que yo solo os he visto a tu novia y a ti con los castos ojos del Arte!
Tasio, vuelto de su pasada congoja, lleno otra vez de amor y de ilusión, abrazó tiernamente a su Lucila, besó la mano de Ernesto y lloró, lloró como un chiquilluco de la escuela. Y murmurando unas frases que nadie entendió, sacó de entre las ropas su puñal y lo arrojó a las aguas del río.
    —Perdón, señorito Ernesto, perdón. —exclamó enjugándose las lágrimas.
Y don Agustín, indignado, increpó al barquillero:
    —¡Sois unas bestias, unas bestias! ¡Unos las quieren matar con dinamita, y otros a puñaladas! ¡Pobres truchas! ¡Pobres truchas, pobres truchas!…
 
 
 

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