LA CRIADA DE CERVANTES

Sabido es por todos que nuestro valle de Toranzo ha dado personajes celebérrimos a la magna historia de Cantabria y por extensión a España. Hablamos de aquellos que, cuando pasaron a mejor vida, dejaron aquí su imperecedero rastro, su imborrable obra, tanto para el bien como para el mal de quienes tiempo después hemos ocupado su mismo espacio vital. Desde literatos hasta obispos, pasando por militares, pintores, marinos —sí, ¡marinos!—, industriales, médicos, etc., la nómina de estos antepasados «célebres» es ciertamente amplia y variada como lo es la fauna que puebla nuestros campos y bosques.
    El personaje del cual hablaremos a continuación no fue nada de todo esto, no se encuadraba en dicha clase de perfiles, como ahora se dice, aunque, sin embargo, para nosotros, sí que reúne las condiciones necesarias para ser elevado al Olimpo de los toranceses famosos, a pesar de la ignorancia general que de él se tiene, o, mejor dicho, de ella, pues se trata de una mujer, de ¡una hija de Toranzo!
    Pertenecía nuestra protagonista a la clase baja del pueblo, de condición pobre y encima analfabeta, desgracias comunes a la gran mayoría de los habitantes del valle en los siglos XV y XVI, época a la que se remonta su existencia. Quizás por esto tuvo que emigrar a lejanas tierras, como otros tantos montañeses de entonces, y así nos la encontramos en la populosa Valladolid de 1605, ciudad que disfrutaba por aquel tiempo de la capitalidad del Reino, siendo Felipe III soberano de medio mundo. Aquí, a orillas del Esgueva, nuestra amiga encontraría trabajo como criada en casa de una de las muchas familias de buen acomodo que, al olor de la Corte, se habían instalado en ella.
 
Valladolid, según un grabado alemán de 1640.
  
    Tan cierto como que todos los días sale el sol, María de Ceballos, que así se llamaba la mozuca en cuestión, se moriría sin saber que había estado trabajando para el que, sin discusión alguna, pasaría a la historia por ser el escritor más insigne en lengua castellana, don Miguel de Cervantes y Saavedra. Aunque ya era algo famosillo en aquellos años, el reconocimiento unánime le vendría mucho después, una vez triunfara su novela más famosa, El Quijote.
 
Miguel de Cervantes y Saavedra.
 
    El «Manco de Lepanto», gloria de las letras hispanas, tras haber rodado por medio mundo se instalaría en Valladolid el año anterior y aquí pasaría uno de los últimos periodos de su azarosa vida —moriría en Madrid en 1616—, época igualmente no exenta de contrariedades y turbulencias, de infortunios y desazones, que le venían a él como las moscas a un cadáver putrefacto. Así, durante su estancia en la capital castellana se vería envuelto en un truculento asunto: la muerte a cuchilladas de un caballero navarro, mujeriego y truhán él, llamado D. Gaspar de Ezpeleta, acaecida la noche del 27 de junio justo debajo de su residencia, «una casa nueva del Rastro Viejo», que dicen las fuentes (1). Ocupaba Cervantes uno de los pisos de dicha casa junto a su esposa, doña Catalina de Salazar, una hija bastarda que tenía, dos hermanas, una sobrina y la citada María de Ceballos, una mozuela de 18 años natural del valle de Toranzo, y más concretamente de Bárcena, que estaba allí en calidad de sirvienta. Casi todos ellos, salvo la torancesa, incluido el novelista, llegaron a pasar unos días en los calabozos de la cárcel pública de la ciudad como consecuencia del proceso que se llevó a cabo por dicho crimen.
 
Vista del Rastro de Valladolid. Casa que habitó Cervantes en 1605.

    Este asunto de la muerte del caballero Ezpeleta, de no ser por que la casualidad puso a Cervantes en el escenario de los hechos, hubiera desfilado por la historia de la criminalidad vallisoletana sin pena ni gloria. Pero como las cosas son como son, la importancia del personaje propiciaría que se vertieran ríos de tinta sobre el citado proceso judicial, dando lugar a sesudos estudios, monografías y hasta apasionantes novelas inspiradas en el caso. En alguno de estos tratados, incluso, se llegaron a publicar las declaraciones ante el juez de los principales actores del suceso, testigos directos e indirectos de aquel dramático acontecimiento (2). Nuestra María de Ceballos también tuvo que presentarse ante la autoridad competente, muy a su pesar, seguramente, respondiendo a las preguntas pertinentes que el togado le hacía.
    Su declaración no fue muy sabrosa que digamos, ya que «… todo lo de interés que puedo decir de ella es que estaba al servicio de la familia desde el día de la Pascua del Espíritu Santo, y en aquel año de 1605, la Pascua dicha o de Pentecostés fue el 29 de mayo. De modo que un mes llevaba la María al servicio de Cervantes y había conocido a Doña Catalina de Salazar Bosmediano» (3). Como correspondía a una buena sirvienta, y si era de Cantabria aún más, ella solo estaba, decía, «para atender a sus tareas». Ni siquiera salía con sus amas a misa, ni a paseo, ni a otros menesteres fuera de la casa. La discreción era, pues, su santo y seña, por lo que poco o nada pudo ayudar al esclarecimiento del asunto. Si algo significativo vio u oyó el día de autos se lo guardó inteligentemente para sí, pues no era cuestión de complicarse la vida por aquella gente a la que nada debía, salvo el acogerla en su casa para trabajar seguramente a cambio de unas míseras monedas.
    ¿Puede entonces considerarse a la María esta un personaje famoso, aunque ignorado, algo así como a título póstumo? Sinceramente creemos que sí. Ya el simple hecho de haber cocinado y limpiado para uno de los hombres más afamados de la historia universal tiene su mérito, y no digamos nada haber lavado su ropa y atendido su morada. Puestos a elucubrar y dar rienda suelta a nuestra imaginación, quién sabe si por sus rudas manos de montañesa trabajadora pasaron, en su afán de acaldar su escritorio, los pliegos de papel que contendrían la obra cumbre de la literatura castellana, la primera parte de El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, libro publicado precisamente ese año de 1605. En fin, las cosas de la vida pasada, que dan para estar fantaseando eternamente.
 
El ingenioso hidalgo Don Quixote de la Mancha (1605).

    La familia de procedencia de la muchacha, como las circunstancias que la hicieron dar con sus huesos en Valladolid, y lo que es más relevante en esta historia, cómo cayó en la casa de la familia de Miguel de Cervantes, posiblemente quedará vetado a nuestro conocimiento, a no ser, claro, que algún otro escribano más avezado en esto de navegar por los procelosos mares de la investigación historiográfica lo averigüe. Tanto si esto ocurre como si no, no estaría de más que un monumento bien ideado y colocado en lugar prominente de nuestro valle fuese levantado para mayor consideración y gloria de la tal Ceballos, en el que se leyese bien claro: «En recuerdo de quien le lavó los calzones a don Miguel de Cervantes y Saavedra», o, resumidamente, para ahorrar letras: «A la chacha del Cervan».
 
(1) Información procedente de La Ilustración Artística (Madrid), 8 de mayo de 1905, páginas 299-300. Artículo «Cervantes en Valladolid. Un proceso de “capa y espada”», firmado por Miguel S. Oliver.
(2)  El filólogo Carlos Martín Aires, de la Universidad de Valladolid, ha transcrito hace unos años al castellano actual los papeles del conocido como “Proceso Ezpeleta”, en el que estuvo incurso Miguel de Cervantes durante su estancia en Valladolid, entre 1603 y 1605, y por el que se conocen datos de su vida de esta época. Esta publicación compila, además, todos los estudios realizados hasta el momento sobre este caso. Título: El Proceso Ezpeleta. Edición del autor (ISBN 84-934365-7-7), año 2009.
(3)  Texto tomado de «La familia, los vecinos y los amigos de Cervantes en Valladolid, en 1605», de Juan Agapito y Revilla. Artículo publicado en el Boletín de la Sociedad Castellana de Excursiones (Valladolid), enero de 1914, número 133.

Ramón Villegas López
Editor


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