¡¡VIVA FERNANDO VII!!

    El 12 de abril de 1814, tras varios días de una cruenta lucha, cae por fin la ciudad de Toulouse, siendo derrotadas las tropas napoleónicas por el ejército aliado anglo-hispano-portugués [1] , comandado por el duque de Wellington. Se trataba de la última batalla que, según la mayoría de los historiadores, pondría punto y final a la llamada Guerra de la Independencia Española, comenzada en mayo de 1808. Unos días más tarde, en la jornada del 19, se firma un tratado por el que las fuerzas francesas aún en la península se irían retirando paulatinamente.
    Previo a este hecho de armas decisivo, el 7 de marzo, el rey Fernando VI, llamado también «el Deseado» o «el rey Felón», es liberado de su retención en Francia tras haber reconocido Napoleón sus derechos al trono de España. El 24 de marzo llega a territorio español. Tras un periplo por varias ciudades, el Deseado entra triunfante en Madrid el 13 de abril de 1814, una vez que el general Eguía consumara el golpe de estado que pondría fin a la Constitución de 1812 y a las instituciones emanadas de aquella primera experiencia constitucional española. El rey Felón se haría erigir entonces como soberano absoluto aclamado por sus partidarios incondicionales, que eran la nobleza (venida ya a menos por entonces), el clero y una parte del paupérrimo Ejército, amén del pueblo analfabeto, bien adoctrinado por los estamentos anteriores.
    Una vez instalado en la Corte Fernando VII y bien controlada la situación, se ordenó que por toda la geografía nacional se celebraran actos de adhesión al monarca y, por extensión, a la religión y al orden que emanaba de la alianza entre el Trono y el Altar, a la par que se injuriaba y maldecía a la ideología del demonio encarnada en la Constitución y el liberalismo provenientes tanto de los napoleónicos —y sus aliados «afrancesados» españoles— como de los progresistas de Cádiz. Uno de esos actos reivindicativos de la gracia fernandina que mencionamos tuvo lugar aquí, en Toranzo, más concretamente en San Vicente, un 25 de mayo de 1814, poco más de un mes y medio después de haberse sentado el Deseado en el trono de Madrid.

Iglesia parroquial de San Vicente en la actualidad. Fotografía R. Villegas.
  
    La fiesta patriótica que rememoramos convocaría a los vecinos de los pueblos cercanos a San Vicente y tuvo lugar en la iglesia de este concejo y sus inmediaciones. El conocimiento de dicho espectáculo —que así se podría definir— ha llegado a nuestro conocimiento gracias a que se publicó una crónica del mismo en uno de los pocos periódicos que por entonces existían, El Procurador General del Rey y de la Nación, papel adicto a la causa absolutista que se tiraba en Madrid pero que ya tenía una larga trayectoria propagandística desde su fundación en Cádiz en 1812.
    He aquí pues lo sucedido:

        San Vicente de Toranzo, provincia de Santander, 25 de mayo de 1814.

        El clero y personas distinguidas de los lugares de Bejorís, San Martín, Acereda, Villegar, Castillo, Exponzuis, Ontaneda, Alceda y San Vicente, inflamados de los mas tiernos filiales afectos al Rey nuestro Sr. D. Fernando VII del mayor reconocimiento al Dios de las misericordias por el beneficio que ha servido dispensarnos, restituyendo a su trono á tan digno Monarca; determinaron celebrar una solemne funcion en accion de gracias en la iglesia parroquial de San Vicente: reunidos al efecto en la casa capitular de este pueblo, pasaron á la del Sr. D. José de Salazar, abad laical de la iglesia del lugar de Colina, en cuya sala principal estaba el retrato de S.M. baxo un magnífico dosel construido y adornado por las señoras del mismo pueblo; y conduciéndole el Sr. Salazar acompañado de D. José de Bustamante Quevedo, señor de las torres de Juan Abaz, y D. Fernando Calderón de la Barca y una partida de veinte paisanos armados que con todo orden hacian sus salvas entre incesantes vivas y aclamaciones del gentío innumerable, se trasladaron al templo, en cuyo pórtico estaban el preste y diáconos vestidos de ceremonia para recibir la augusta imagen del deseado de sus pueblos que se colocó baxo el mismo dosel al lado del Evangelio, y poniendo de manifiesto el adorable Sacramento del altar, se cantó el Te Deum, formándose sucesivamente una procesión pública, dirigida por el caballero D. José Manuel de Vargas, para que se guardase el mejor orden que hizo su carrera por las calles, autorizandola con su presencia Jesús Sacramentado, á quien seguía el real retrato acompañado del paisanage armado. Concluidos estos actos religiosos, deseoso el concurso de dar toda la extensión posible al regocijo con un espectáculo no menos significante que divertido, presentó en la plaza una figura pantomímica del tirano de la Europa en actitud de dar a la monarquía española su Constitución política, y se representó la escena de juzgarle jurídicamente por tan atrevido criminal designio, y condenarle a ser quemado en estatua, sin perjuicio de que fuese vivo siendo aprehendido en estos reynos; se executó la sentencia dando fuego á la guarnición de coetes de que estaba revestido; cuya primera explosión hizo volar en pavesas el Alcorán del maquiabelismo que tenía en la diestra; presenciando el suplicio el real retrato en vindicta justa de los agravios hechos á S.M. por aquel monstruo, y por una ley insidiosa, que baxo titulo especioso, degradando los atributos de su alta dignidad, reanimaba el espíritu de subversión, perfidia y odio á la religión, al Rey y á la patria, tan propio de su execrable autor, como análogo á la ambición de sus inicuos parciales: doce niños vestidos á la inocenta, postrados ante el real retrato, tributaron en nombre de los pueblos el homenage de su obediencia y respeto felicitando á S.M. con una canción graciosa por su desagravio, y le siguieron danzando hasta restituirlo á la casa del caballero Salazar; luego se siguió un refresco general, y concluido la partida hizo frecuentes descargas, y el concurso reunido mil exclamaciones de viva la Religión, viva el Rey, viva Fernando VII, y muera la Constitución, expresiones las mas sinceras y enérgicas del amor de estos pueblos á su soberano.

Cabecera de El Procurador General del Rey y de la Nación del 11 de julio de 1814.
    
  
    Si bien es cierto que Cantabria, y por extensión Toranzo, no llegó a padecer los efectos tan dramáticos de otras zonas de España, hay que decir que los habitantes de estos pueblos también sufrieron grandes calamidades y desgracias durante el tiempo que duró la contienda (1808-1814). Al ser un territorio que fue cambiando de dueño a menudo —tras un periodos de ocupación francesa le seguía otro de control por parte de las tropas españolas [2] —, soportaron una dura presión —incluidas amenazas físicas— por los dos combatientes en forma de exigencias de contribuciones de todo tipo, lo que sumió a los atribulados toranceses en una pobreza extrema, ya de por sí endémica en el valle. A estas calamidades de tipo material o pecuniario habría que sumar la angustia y dolor por la ausencia de aquellos hombres que se encontraban ausentes luchando en las diversas unidades del Ejército español, en ocasiones en lugares muy lejanos.
    Si en esta jornada de exaltación fernandina en la iglesia de San Vicente hubiese habido un fotógrafo que captara los semblantes y las fachas de los concurrentes, especialmente los del pueblo llano, veríamos a unas gentes tremendamente asoladas por la tristeza y la falta de recursos materiales, ello a pesar de que la guerra había terminado.

[1] En esta batalla, por cierto, intervino de manera decidida nuestro aguerrido Regimiento de Milicias Provinciales, en el que, sin duda, habría algún torancés.
[2] «En agosto de 1812, la División de Vanguardia del 7º Ejército de Operaciones (comandada por Porlier) tenía su cuartel general en San Vicente de Toranzo, donde estaban estacionados el "Regimiento Provincial de Laredo" de Infantería de Línea (dos batallones con 725 efectivos bajo el mando del coronel Carlos Rato) y un batallón del Regimiento de Infantería Ligera "Tiradores de Cantabria", dirigido por el teniente coronel Silvestre Hidalgo, 595 efectivos totales. La División, con eje en Toranzo, formaba una línea que se extendía desde Cervera de Pisuerga hasta Sobremazas, en la Junta de Cudeyo». PALACIO RAMOS, Rafael y GUERRERO ELECALDE, Rafael: El valle de Toranzo, un recorrido por su historia, Cantabria Tradicional, 2009. pág. 245.

Ramón Villegas López
Editor

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