HORNOS Y POZOS EN LOS MONTES DEL ANTIGUO VALLE DE TORANZO
… un país montañoso, muy pedregoso, sin ninguna vegetación excepto unos robles pequeños y chaparros; además de árboles de hoja perenne, acebos y laureles, que crecen silvestres entre las piedras. A veces, desde la cumbre de alguna de esas montañas de las que tocan el cielo se ofrecía una buena vista de las montañas de alrededor, o podía verse fugazmente el fértil valle donde pacían manadas salvajes de ganado, donde ascendía una madeja de humo que señalaba la presencia de una aldea… [1]
Se trata de una descripción pintoresquista de alguien que lo refiere y contrasta con su tierra y resalta lo más diferente, la fragosidad y sublimidad del paisaje. La realidad debía ser otra, un paisaje amable y humanizado como consecuencia de estar bastante poblado y fuertemente presionado por la obtención de recursos. Con las aldeas rodeadas por extensas mieses y heredades de cultivos, con alternancias de año, pero con los maizales ocupando cada vez más espacio y tiempo en el mundo campesino reinante; con las vegas ribereñas para los ganados y con los montes esquilmados para pastos y leñas y por ende muy deforestados (de 1 a 5 % de superficie forestal en 1859, según Manuel Corbera [2]). Y más allá, en los horizontes, las sierras altas ocupadas por pastores en las pastizas estacionales o por las primeras poblaciones trasterminantes pasiegas. Un paisaje y unas gentes con las que se producía el choque cultural derivado del tránsito de todo tipo hacia Castilla y Madrid, o hacia el puerto santanderino, que transcurría a su través. Carruajes y diligencias trasegaban viajeros, comerciantes y los primeros turistas que llegaban a las fondas y comercios que empezaban a surgir en torno a las viejas ventas y a los primeros hoteles a la francesa.
Nos remontamos al tiempo que describen los viajeros en sus desplazamientos, paradas y visitas, un tiempo en una población iletrada, de escasos periódicos, algunas revistas ilustradas y élites instruidas con afanes literarios. Unos tiempos que corrían entre las guerras napoleónicas y la restauración alfonsina. La acentuada conflictividad ibérica durante ese siglo XIX deja numerosos relatos de oficiales implicados en las guerras describiendo los lugares en que se mueven, como hizo Thompson. También incluimos los tiempos de las guerras civiles de liberales y carlistas y de las guerras coloniales en Cuba y Marruecos. Unos tiempos muy conflictivos y de continuos cambios.
Por ponerle fechas, entre 1808 y 1924, al tiempo de la disolución administrativa de su jurisdicción propia como valle de las viejas Asturias de Santillana. Toranzo estaba siendo alcanzado entonces por la modernidad. Lo ilustra Íbero Abantiade en sus cartas Desde la Montaña publicadas en 1883:
Al subir la cuesta que enlaza con la carretera, un cuadro animadísimo se presenta a ojos del viajero. Innumerables bañistas, ya a pie, ya en carruaje, cruzan aquella vía, y aparecen las primeras casas de Ontaneda. Casi todas las construcciones de este pueblo son modernas y están situadas a la margen del camino. Su riqueza y celebridad la debe al manantial de su excelente balneario. Al pasar los coches que vienen de Renedo, todos los bañistas se alojan en el hotel y en las innumerables casas de huéspedes que allí existen, se asoman a las puertas y a los balcones para ver a los que llegan. Esta misma escena se repite en Alceda, donde los hoteles, cafés y casas de huéspedes son más numerosos… [3]
La primera industria en el valle
Las actividades y la presencia de ingenios protoindustriales en nuestras zonas rurales tiene orígenes muy anteriores. Proviene de los avances en los procesos de fabricación de fines de la Edad Media y del Renacimiento. Recordemos lo que supuso en estos valles la presencia de molinos y batanes, o de ferrerías, por ejemplo, porque fue la fuerza del agua la que movió durante mucho tiempo aquellos ingenios. Sin embargo, no debemos olvidar, por otra parte, que nunca faltó la fuerza humana y animal, como en ciertos «molinos de sangre» o en los talleres de sierra.
A la llegada de la industrialización los batanes o pisones continuarían transformando la artesanía textil rural de tejidos de lana en paños de uso campesino durante un largo tiempo, hasta el siglo XX incluso. La sobrevivieron un tiempo, el de la pervivencia de las comunidades aldeanas, al igual que los molinos harineros. Estas maquinarias antiguas fueron dejando paso en los entornos urbanos y en los principales corredores fluviales a las fábricas de todo tipo como harineras, aserraderos, ferrerías, cerámicas, cobreras y otras.
Pero no vamos a referir el proceso histórico de la instalación de las industrias en Toranzo. Nos vamos a centrar aquí en la aparición, más bien redescubrimiento, de ciertos «hoyos» en las márgenes de los arroyos y en las laderas de nuestros montes que nos han llamado la atención. Una observación y un estudio atentos de los mismos nos han conducido a considerarlos una buena muestra de actividades industriales en el medio rural de entonces. Básicamente encontramos estructuras compatibles con hornos, con procesos de transformación por combustión de ciertas materias primas (arcillas, piedra caliza y mena de hierro), y estructuras de acumulación de nieve, neveras o «pozos de nieve»[1].
Hornos de cal, ladrillo y teja
Los hornos representaban la actividad industrial tradicional en Toranzo y otras partes. Permitían la cocción y reducción de leña, cal o hierro para hogares, fraguas y ferrerías, así como la elaboración de teja y ladrillo para las edificaciones. No hablaremos ahora de los hornos de cocción de leñas para el carbón vegetal consumido en fraguas y ferrerías, por ser las carboneras del tipo vasco-francés («de hacina»), por tanto, sin pozo, de plaza abierta. Nos limitaremos a los hornos de pozo total o parcialmente excavados en la tierra, sobre todo caleros, tejeras, hornos metalúrgicos y neveras. Se podría decir que en aquellos tiempos el valle estaba salpicado en sus vegas y montes de columnas de humaredas espesas, «como de calero».
En su día trabajamos sobre el Dobra y localizamos un calero en la Peña del Ramo (Puente Viesgo), cerca de La Capía. Se halla en una ladera orientada al sur y se ha excavado un hoyo que hoy tiene 1,70 m de profundidad, pero que sin duda tuvo bastante más en su momento de uso. Su planta es un círculo de 2,50 m de diámetro reforzado con sillarejo en seco hecho también en piedra caliza. Los muros tienden a cerrar hacia arriba para la salida de humos. Hacia la pendiente se abre un vano o «boquera» para introducir el «rozo» y prender y atizar el horno, al tiempo que permite evacuar aguas mediante un canalillo terrero que sale hacia la pendiente [4]. Y, muy cercano en dicha sierra, estaba también el Calero de la Lluenga de Hijas, que se cita en 1859.

Restos del horno del calero de La Castañera, o de Joz (Pando). Fotografía M. García.
Hay
testimonios de laboreo de la cal en muchos más lugares y sabemos que se
empleaba y vendía la cal común, la local, y también la hidráulica que llegaba
por el puerto. Sólo en el terreno de la pedanía de Puente Viesgo se citan no
menos de diez hornos de cal[2], y no nos extraña, dado
que este lugar se encuentra en el macizo calizo que forman la Sierra del Dobra
y su continuación, hacia la Sierra Caballar. En el propio término [5], reconocemos
los de La Rotura por su extraordinaria conservación, el de la Llana, que
conserva el frente de cantera y el hoyo del horno, y el de La Castañera, en la
Vega de Joz, que conserva, además de su cantera inmediata con marcas de su
extracción de piedra, el hoyo del horno de paredes rubefactas, con más de 2 m
de profundidad, y restos del escombro de los desechos de la cal. En el cercano
Penilla se conserva un calero en Las Canteras que muestra tres fases
constructivas: el viejo calero intermitente con muros de sillarejo, un
recrecimiento posterior en mampostería (1,40 m de alzado) y una fase final, en
su gran contrafuerte de hormigón, ya probablemente reconvertido en horno
continuo, con la corta de su cantera a unos 40 m de distancia. En San Martín
había un Calero García como topónimo-antropónimo y eso implica que alguien de
ese apellido lo levantó o coció en él, lo que no era excepcional.
En esta última localidad, en 1898, año de la pérdida de las últimas colonias, se registra en las Actas del Ayuntamiento la solicitud por algunos vecinos de la localidad:
que se les deje aprovechar la maleza que existe en las rozadas que se les tienen señaladas en la sierra de su pueblo con el fin de que puedan dichas rozadas criar rozo y pastos para los ganados y emplear dicha maleza para cocer un calero a gran distancia del Monte…
Lo mismo que hacen pocos días después, y con la misma finalidad, varios vecinos de Vejorís con afán de evitar todo peligro de quemas descontroladas[3].
Valle arriba, en el lugar de La Requejada (Castillo Pedroso), se reconoce como propio en las Respuestas Generales del Catastro del Marqués de la Ensenada, según requerimiento de 1750:
un monte alto compuesto de robles y hayas llamado la Requijada y Rodil mancomunado con el lugar de Esponzués, quien ocupará seiscientos carros del que se cortarán para todos los vecinos anualmente ciento cincuenta carros de leña sin elección de sitios; otra parte del mismo monte tiene en él de propiedad este pueblo que ocupará como ciento cincuenta carros de tierra. [6]
Resulta difícil achacar únicamente a los aprovechamientos de leña el esquilmo de este preciado monte que hoy, en su mayor parte, es un monte joven y, por tanto, recuperado de una excesiva explotación en el pasado.
En la espesura, a poco que caminemos entre los árboles, descubriremos unas estructuras arruinadas cubiertas de hoja seca que llamarán nuestra atención. Se trata de hoyos subcirculares de bordes recrecidos, de entre 3,80 y 4,70 m de diámetro, todos muy semejantes en disposición y tamaño, recostados en las suaves laderas, como bocas abiertas al cielo. El grosor de las hayas que acompañan las bocas, algunas incluso viejas talas, demuestran su antiguo abandono y el tiempo transcurrido. Sospechamos que debe tratarse de estructuras abandonadas hace más de siglo y medio; lo que se confirma con el hecho de que las pistas madereras modernas los afectan superponiéndose puntualmente.

Uno de los caleros de La Requejada (Castillo Pedroso). Fotografía M. García.
En la zona más baja
de la ladera tenemos un horno circular con derrumbe superior, de algo más de 4
m de diámetro de boca y una hondura actual, porque ha sido rellenado, de 1,60
m. El haya que sobre él crece no tendrá menos de 150 años. Hacia la culminación
de la pendiente otro horno de boca de unos 4 m de diámetro y hondura de 0,70 m,
cerca de otro más grande (5,20 m de diámetro y hondura de 2,40 m en que se
aprecia bien el muro interno construido en piedra arenisca contra el terreno
arcilloso. En él, un haya nos fecha el momento de abandono de la actividad, que
calculamos, por su grosor y porte, de casi dos siglos. Otra boca de horno
cercano (3,80 m en la boca derruida y 1,20 m de hondura central) muestra un
haya que crece sobre la pared derruida y que vendrá a tener unos 170 años de
crecimiento. Afectado parcialmente por la caja del camino maderero otra boca
aparece con claridad rehundida en su relleno hasta 1,40 m y con un diámetro de
aproximadamente 3,90 m.
Cuando observamos en detalle todas cada una de estas estructuras apreciamos el endurecimiento de las arcillas en las paredes interiores visibles y, más ocasionalmente, restos de muros de mampuestos de piedra refractaria, areniscas y lutitas propias del lugar. Todo preparado para la acción de una combustión intensa que, ocasionalmente, alcanza a vitrificar la superficie expuesta de algunas de las piedras murarias. Y en el círculo sobre estas paredes, vemos restos de limpieza de las hornadas de cocción de cal. La fragmentación que produjo la cochura de la piedra, extraída de canteras de calizas próximas —del Juras— así como el efecto de la calcificación mediante el fuego en ellas, muestran que estamos ante antiguos caleros de horno intermitente y abierto.
Los hornos caleros tradicionales, en zonas montuosas del norte peninsular, se utilizaron de modo discontinuo y técnicamente se remontan a la baja Edad Media; de hecho, apenas variaron hasta mediado el siglo pasado [7]. El principio en que se basan es de sobra conocido, mediante el intenso calor aplicado directamente sobre la piedra caliza, el carbonato cálcico desprende anhídrido carbónico y se transforma en cal viva, que se presenta en piedra y polvo que es necesario reducir por machaqueo para su transporte y consumo[4]. En este estado se utilizaba para el abonado de los campos o heredades. Añadiéndole agua «se apaga», aumenta de volumen y se convierte en cal muerta pulverulenta para su aplicación en la construcción formando parte de morteros de obra, enlucidos y blanqueos. Se vendía esa cal y su precio iba ligado a estos usos y a su interés para las familias de profesionales y campesinos, y se suele citar habitualmente en los inventarios testamentales por ello.
En cuanto al combustible, en nuestras tierras será en exclusiva vegetal y sabemos que el esquilmo de los montes a finales de la Edad Moderna, en nuestro caso por efecto del aprovisionamiento para ferrerías, fábricas de cañones y astilleros del rey, y con la ocupación de los espacios deforestados para pastos, muchos hornos de cal fueron abandonados en los siglos XIX y XX. La mayor parte sustituyeron la madera de poda y arbustos por el «árguma» o tojo que empezó a ser muy abundante como vegetación colonizadora en el monte bajo resultante.
Los hornos de monte como los toranceses eran intermitentes, cocían por hornadas. Se cargaban de piedras desde abajo a partir del banco —o «aparador»— en falsa bóveda, se calcinaban, se enfriaban y se descargaban, y así repetidas veces, en esforzados trabajos. Eran hornos de llama larga, pues la combustión se hacía bajo la bóveda de piedras en una amplia cámara de combustión. Con este proceder se obtenían resultados de cocción muy desiguales en cada hornada, lo que generaba muchos desechos que aparecen arrojados en torno a la boca superior del horno. Al mismo tiempo que los accidentes por quemazones en el manejo de la combustión y por desprendimientos al armar la bóveda de piedra no eran raros. Una descripción del tipo de horno tradicional intermitente y del desarrollo de una hornada se puede encontrar en la enciclopedia Espasa, y dice así:
… En los hornos más sencillos de producción intermitente se construye en la parte baja de los mismos una bóveda con los trozos mayores de piedra caliza; esta bóveda sirve de hogar y sostiene los pedazos restantes que llenan el horno hasta arriba. El horno en conjunto tiene forma ovalada o cilíndrica y sus paredes están construidas de piedras refractarias. En el hogar formado por la bóveda se pone leña o carbón y se calienta el horno hasta que toda la caliza se haya transformado en cal viva; entonces se deja enfriar y después se saca la cal…[5]
Al exterior, la obra suele formar un macizo de cantería de piedra de mampostería en seco, por lo general, que puede tener formas diversas y adelantar algún pasillo hacia la boca de la cámara de combustión. En cualquier caso, su forma no necesita coincidir con la obra interna que es la que va descrita.

Ilustración tomada de la Enciclopedia de las Artes y Oficios (Diderot y D’Alambert 1765).
Estos
caleros de los montes podían ser comunales o privados, en este caso muchas
veces carecía de permisos y podían encontrarse con denuncias. Por otra parte,
se venía necesitando la concesión de entre 500 a 1.100 carros de piedra para su
acopio continuado. Conocemos, por Carmen González Echegaray, que en 1597 se
hizo un calero comunal en Pando para lo que cada vecino debería poner su trabajo
más un peón a su costa [8], por lo que sospechamos que era algo habitual en
Toranzo desde mucho tiempo atrás. Con el liberalismo impulsado en el siglo XIX
aumentaron los hornos privados de teja y cal en los montes públicos autorizando
siempre los «carros de árgoma y brezo» necesarios
para su funcionamiento, entre 25 y 100 carros. El riesgo de provocar incendios
en el matorral y arbolado era alto, por lo que conforme aumentó la guardería
forestal la conflictividad fue en aumento. En las condiciones impuestas por las
autoridades provinciales de 1870 se les hace responsables a los autorizados «de los incendios que por causa de la calera puedan
ocurrir»[6].

El calero de La Rotura (Puente Viesgo). Fotografía M. García.
A finales
del siglo XIX y principios del XX se impusieron hornos más eficaces en las cocciones,
los hornos cerrados, en los cuales el control sobre la combustión y el proceso
era mayor. Se conserva uno de ellos, en muy buen estado, en cuya boca aparece
la fecha Mayo/1949, en La Rotura, al
pie del monte del Castillo (Puente Viesgo). Se trata de un horno en forma de
ampolla o botella (en torno a 12 m de altura) que se cierra en la salida de
humos casi por completo y forma en su base para recogida de la cal un cuenco de
recepción a modo de crisol. La boca de entrada, como en muchos de ellos, es rectangular.
El horno —había otro desaparecido junto a este— tenía instalaciones anejas y un
cobertizo. La corta de cantera se aprecia a unos 100 m de distancia.
Al poco, junto al camino actual que atraviesa el monte de La Requejada citado y cerca de una de las bocas de calero descritas, nos aparecen los restos de un pequeño horno de producción de teja que, al acercarnos desde su profundo pasillo de alimentación, vemos que parece tener dos bocas de acceso a la cámara de combustión. Sin duda, se trata de una tejera a juzgar por los restos abundantes de teja curva fragmentada en el entorno. Ahora comprendemos la sobreexplotación de La Requejada en tiempos pasados. Fue también la pequeña industria de tejas y cal, la combustión de madera necesaria en ella, junto con la extracción de leñas para los hogares, la culpable del esquilmo de la arboleda. La fabricación de teja y ladrillo en tierras torancesas fue tan prolija como en otras partes y la presencia de hornos para ello fue común en la mayoría de los pueblos del valle. No hay más que hacer una lista del topónimo «tejera» en él. Por nuestra parte conocemos tejeras, o apenas restos de ellas, o citas documentales al menos, en San Andrés de Luena, Padierno, Sel de la Carrera, Alceda, Esponzués, Villasevil, Penilla[7], Aés, Pando[8], Corrobárceno, Puente Viesgo y Vargas [9]. Esa producción alcanzó, al menos, hasta mediado el siglo pasado, como muestra la fecha inscrita en una teja de Villasevil[9].

Teja grabada de la tejera de Pando. Fotografía de Miguel Ortiz.
Las
tejeras de tipo artesanal o protoindustrial se reconocen en el terreno también
porque llevan un horno vertical, pero en este caso con dos cámaras
superpuestas, la inferior para la combustión y la superior para la cocción. Son
también de tipo abierto, separadas mediante parrilla agujereada o con muro
axial y con arcos que separasen ambas cámaras en cada alveolo. Tendrían su
aprovisionamiento en los materiales del entorno, la cantera de arcillas para la
producción y los matorrales de arbustos y tojos para el combustible. El horno
que tenemos precisamente, para facilitar la cocción, se excava parcialmente en
la arcilla y la roca con las bocas hacia el viento «solano» (este) para facilitar el
control de la combustión. Por tanto, su implantación física en el lugar se debe
a estas consideraciones, especialmente, y al hecho de que este tipo de actividades,
consideradas tóxicas, no eran permitidas en los núcleos de población.

Sección de una tejera. Dibujo M. García.
No
hay que perder de vista que los hornos-tejera de Castillo Pedroso y Pando entran
en la categoría de taller estacional, de verano, al aire libre y debían ser
reutilizado cada año por una cuadrilla de trabajadores en ocasiones foráneos, generalmente
procedentes del oriente asturiano. Los hornos de cocción de ladrillos y tejas
artesanales —de sucesivas cargas y descargas— se complementarían para su
efectividad con una cantera de arcillas («barrera») y, muy
cerca del horno, una fuente para aprovisionarse de agua, una pila o pozo para
batir el barro con el agua, una plaza, la «era», donde secar
las tejas al aire y la choza o caseta de los trabajadores, como así hemos
reconocido en La Tejera de Aguayo [10]. Una tejera se describe en 1856 de esta
manera:
Una casa tejera en el pueblo de Pando, pertenece a sus propios, compuesta de pared seca a teja-vana con su plazuela para las labores, lindante con terreno común: renta 22 rs., se ha tasado en 200 y capitalizado en 396 rs…[10]
Por otra parte, conocemos la presencia de teja con inscripciones o grafitos de diversos tipos en la zona.
Por lo que vemos en La Requejada, se trataría de una zona de laboreo junto al lugar de extracción de arcillas de decalcificación de calizas del Jurásico (fase Dogger) y de una fuente de aprovisionamiento de agua en la cabecera del arroyo, en la que no hemos aún identificado la choza para la vigilancia y el trabajo, ni la pila de amasado, ni el secadero de las piezas, donde se emplazaría un espacio de manejo y forma, con moldes, del barro plástico, y del horno de cocción que sí hemos localizado. Por ello, tras su abandono, se constatan los restos cubiertos de tierra, desechos de la obra y cocciones de la infraestructura, y de la hoja del arbolado desarrollado con posterioridad. El horno es la parte más reconocible porque es de obra de piedra y/o ladrillo y está consolidada por el fuego y el calor, levantando apreciablemente sobre el terreno, mientras que el resto, salvo alguna fuente, es difícil de apreciar. En ocasiones en ellos se produjo ocasionalmente también cal.

Aspecto de una de las bocas y del derrumbe de la tejera de La Requejada (Castillo Pedroso).
Fotografía M. García.
Hornos metalúrgicos
En el informe sobre el Estado de las Fábricas, Comercio, Industria y Agricultura en las Montañas de Santander se dice que «Apenas se hallará Arroyo en el cuál no se encuentren escorias y fragmentos de edificios que servían a la fabricación del Yerro…» [11]. Pues bien, en la margen derecha del arroyo que baja de La Churra hacia el barranco de Ballabantos que atraviesa Sel de la Carrera, pero en lo más hondo y cercano al agua, a 460 m de altitud, se encuentra un grupo de cuatro hoyos, bastante rellenos ya de tierra y piedra, con paredes rubefactadas y quemadas de piedra en seco, sin presencia de cal cocida o de piedra caliza en una zona que no la posee.
De abajo hacia arriba del cauce o de este a oeste tenemos:
Un primer horno de muro derruido (1,30 m de anchura) que define un pozo de unos 3 m de diámetro interior, un acceso sin muro orientado al este y otro hoyo pequeño (Ø 2 m) hacia ese acceso. En el muro se encuentras tres árboles y el mayor ha de tener más de un siglo de crecimiento. No se observó vidriado en las piedras careadas del horno.
A unos 6 m de distancia aparece otro horno de similares características, con una boca de 2,80 m de diámetro y paredes en seco de 1 m de anchura, con otros tres árboles desarrollados sobre el muro.
El tercer horno se halla situado a una distancia del anterior de aproximadamente 6 m. Es el horno de mayor tamaño, pero está muy colmatado. Tiene un diámetro interior de 3,5 m y pared de piedra seca careada, con derrumbe, lo que da una anchura de muro superior a 1,20 m. No se observa cal en torno ni vidriados en la cara interna. Unos 4 m. al norte existe una gran acumulación de carbonilla que ha de proceder del horno.
Muy cerca del cauce del arroyo y al pie de unas rocas nativas, vemos un cuarto horno de 2,20 de diámetro de boca interior. La pared circular está armada en seco y careadas. En ella se observa cierta rubefacción e incluso una especie de vedrío blancuzco que consideramos evidencia de haber estado sometida a altas temperaturas. La pared frente al acceso actual tiende a cerrarse en una especie de arranque de abovedamiento, al modo de un horno de raguar, apreciándose en una altura descubierta de 1,50 m.

Restos de un horno de Ballabantos, en Sel de la Carrera (Luena). Fotografía M. García.
Al otro lado del cauce fluvial, frente a los hornos observamos un muro armado a modo de estribo de un pontón de madera que lo atraviesa desde un camino antiguo, a juzgar también por un hueco de puntal de madera que se labra en la roca en el lado la otra orilla. Son restos del camino que alcanzaba los hornos que hemos descrito.
También un par de posibles hornos de reducción de mineral de hierro son apreciables en el ya referido monte de La Requejada. Son de diámetro más pequeño (unos 3 m) que el resto, se hallan junto al regato y, en este caso, pudiera ser que contasen con salida al mismo pues parecen verter hacia él.
La necesidad de preparar la vena de mineral de hierro —«raguar»— se podía hacer en las propias ferrerías aguacheras, sobre todo en las mayores que se conocieron en el fondo del valle, pero, continuando con la tradición de ferrerías secas, se solía hacer también en los montes, calcinando la vena para eliminar el agua y descomponer los carbonatos [12]. D. Fernando Barreda nos dice que en La Montaña el hierro se calcinaba en hornos similares a los caleros tradicionales [13].
Existe un tipo de hornos de reducción conocido como «horno vasco» de estructura circular que aparecen como hoyos excavados e incrustados en el suelo de una ladera, pero que corresponden a paredes subcirculares de varios metros de altura (b). Siempre en las cercanías de un cauce de agua, que se precisaba para el enlucido interior de arcillas (a) y para lavar el material triturado, y de algún sondeo minero de hierro. Se buscaba, al parecer, que la abertura inferior del horno recibiese el viento dominante, en este caso norte-noroeste, para avivar el tiro (d,e). El diámetro interior suele estar entre los tres y cuatro m, aunque disminuye hacia el fondo en cubeta, en donde se recoge la reducción de hierro tras el proceso realizado con el calor de la combustión de madera o carbón vegetal (c). La parte anterior, hacia la escorrentía, suele tener una pared frontal de piedra generalmente derruida ya. La labor consistía, mediante método directo en seco, en aprovechar las propiedades de los óxidos e hidróxidos de hierro de la vena mediante su reducción utilizando la elevación de la temperatura del horno por encima de los 1100°C. La esponja de hierro se extraería, tras el proceso, por la abertura de la base, compactándolo con el golpeteo de un mazo, antes de transportarlo a la ferrería. Serían hornos antiguos, previos a las ferrerías mayores que dispusieron de hornos de raguar en el establecimiento, y en uso desde la Edad Media hasta el siglo XVII o comienzos del XVIII [14].

ección y alzado del llamado «horno vasco» de Azarola (Galdakao). Croquis J. Elorriaga y X. Laka.
Estas estructuras se suelen confundir con caleros y, ciertamente algunos pueden haber sido utilizados como tales al abandonarse la primera actividad, la siderurgia. La posibilidad de que todos los hornos de La Requejada anteriormente descritos hubiesen sido también hornos de reducción antes de transformarse en productores de cal, se ha contemplado, pero ha de quedar en suspenso ante la falta de evidencias claras[11].
En torno a estos hornos debemos imaginar el trabajo y el trajín de carreteros, jornaleros, oficiales en unas actividades intensas junto a ellos, entre calores hasta el sofoco y humos que ascendían sobre las copas de los árboles. Su producción de hierro permitiría los trabajos de las ferrerías y de las fraguas. Además de las ferrerías en los ríos principales conocemos por el Catastro del Marqués de Ensenada de 1752 de la existencia de herreros en Prases, Castillo Pedroso y Borleña [15], lo que pudiéramos relacionar con los hornos de La Requejada, y también en Entrambasmestas y Resconorio, no demasiado lejos de los hornos de Sel de la Carrera. Sin duda, desde el camino real, hoy carretera, y desde las aldeas era habitual contemplar columnas de humo que saldrían de los montes que se avistasen. Un detalle tan real como pintoresco.
El primer turismo torancés
Conocíamos en la sierra del Dobra una nevera o pozo de nieve, la de San Cristóbal (Las Presillas). Se encuentra derruida en el alto de ese nombre, donde se aprecia una planta de forma próxima al cuadrado, de 7x6,50 m, con interior ahuecado en unos 2,50 m y restos de una estructura murada en cuadro, muy clara en su lado oeste, y con un terraplén de forma semicircular sobre la ladera. Se reconocieron fragmentos de teja curva en el entorno, así como aparejo de muros en la base de otra posible edificación más a occidente. Por las evidencias reconocidas en su día debió contar con muros de sillarejo, con refuerzos de sillares en las esquinas, y cubierta de madera cubierta de teja [16]. No conocemos con qué destino se producía hielo aquí, pero la cercanía con el balneario y hotel de Puente Viesgo, así como otros hoteles en Torrelavega, nos permite inducir su uso en esos servicios turísticos allí.
También como testimonio del aprovechamiento de este recurso damos a conocer ahora dos «pozos de nieve», o neveras, relacionadas también con la demanda hotelera y los establecimientos comerciales de neverías [17]. En el entorno de Sel del Tojo (Alceda), entre cabañales en abandono y ruinas de seles pastoriles, a 635 m de altitud en plena sierra de pastos, nos damos de bruces con un gran hoyo artificial de estructura circular (4,40 m de diámetro) revestida de pared seca de mampostería con hasta rematar con losas unidas con argamasa en redondo, en cuyo fondo —a 1,50 m de profundidad al norte y 3,40 m al sur— se observa gran cantidad de piedra acumulada. No olvidemos que, aunque su capacidad variaba con el tamaño —los había de muy diferentes tamaños— podía llegar a los 500.000 litros en estas tierras.

El autor sobre el pozo de nieve de Sel del Tojo (Alceda). Fotografía Iñaki López.
Esta estructura de pozo se encuentra ceñida por un muro bien armado de 0,65 m de ancho, separado 1 m del pozo, de pared rectilínea, salvo por la parte meridional en que gira en paralelo al pozo. Al norte se encuentra un acceso al recinto acompañado de pared. Todo hecho en la arenisca local, que se extrajo de los derrubios de ladera que se hallan inmediatos, careada para dar regularidad a las paredes. Al este, en la parte baja del pozo hacia la escorrentía de la ladera, se encuentra lo que parece una salida de aguas, deduciendo por ello una profundidad del mismo de unos 7 m. Existe un camino externo que lleva al pozo y conduce también a un cierro de pradería en abandono.
Deducimos de todo ello que se trata de un recinto para acumular nieve invernal de la ladera, para cuyo relleno y extracción se disponía el acceso a camino y una mayor anchura del recinto en esta zona septentrional (1,40 m) que permitiera las operaciones. El pozo debiera estar cubierto, para lo que estaría dispuesta una techumbre con apoyos en el recinto externo. Dado que, durante el proceso de conservación, exudaría agua por su fondo, se dispuso la pequeña vía de evacuación en la base.
En el barrio pasieguizado de La Jierra (Bárcena), bajo el camino que lleva hacia un cabañal y dentro del monte arbolado, se encuentra un hoyo o depresión, muy relleno de piedra y tierra, de unos 4,50 m de boca, que dispone de camino de acceso. Todo ello cubierto de hoja y arbolado y a unos 320 m de altitud. En el hoyo se encuentran también abundantes fragmentos de teja.
A juzgar por el testimonio de D. Victorino («Nino el de la Jierra») la nevera se desmochó y rellenó hace unos sesenta años porque resultaba peligroso para los animales que por allí se pastoreaban. Se trataba de un pozo de nieve particular de sus padres «Ti Justo» y «Ti Carolina», que poseían la tienda y la bolera del lugar, para abastecer el Gran Hotel de Alceda. Su madre era la que se encargaba de hacer hielo prensado que se cargaba y transportaba, utilizando para ello un asno, en bloques cortados. El pozo, recuerda Nino, estrechaba hacia abajo, hasta unos 8 m de profundidad, con paredes de piedra armada y careada local, y tenía un «aguatijo» para que saliera el agua por la parte más baja del pozo y la ladera. El relleno o carga de este se hacía portando la nieve en cuévano y se pisaba dentro. Con el fin de separar los pisos acumulados, para así poder serrar los bloques en la extracción, se utilizaba la hoja del monte que se acumulaba en un portalillo a un agua cubierto, junto con el pozo, mediante un tejado a un agua. Cada vez que se extraía se echaba nuevamente hoja por encima.

Anuncio en la prensa local sobre la venta de una nevera. La Voz Montañesa.
Nos podemos imaginar por los caminos y a las puertas de las casas de baños, fondas, hoteles y neverías, entre gentes ocupadas y ociosas, las acémilas portando los bloques helados, ante una creciente demanda de preparación de helados y refrigerios. No olvidaremos que es en estas zonas, entre la pasieguería y el valle de Toranzo, en las que se extenderá al poco un oficio de gran importancia, el de heladero [18]. Pero en 1848 nos describe el valle, con mejores letras, el viajero Antolín Esperón:
En el camino real de Burgos, y en el valle de Toranzo, aparece una gran casa con un vistoso jardín, donde se ofrecen todas las comodidades a los bañistas. El sitio (Ontaneda) es ameno y delicioso: por un largo trecho en la carretera se encuentran a un lado y otro quintas y caseríos, y siguiendo la dirección de aquella, internándose más en la Montaña, están los pueblos de Alceda, San Vicente y Puente Viesgo, adonde concurren muchos elegantes, durante la estación del estío, pues también hay baños en el primero y en el último de esos puntos [19].

Tarjeta postal con la entrada al Balneario de Alceda a principios del siglo XX. Colección R. Villegas.
¿Cuándo acaba este trajín preindustrial por los montes y caminos toranceses? No tenemos certeza, pero para 1906 no se tiene constancia de estos talleres o «fábricas menudas» en la zona, en contestación del ayuntamiento de Santiurde de Toranzo a una circular sobre la cuestión. Es una fecha que sorprende a los que sabemos que, en otras zonas, aunque peor comunicadas por entonces, algunas de estas actividades continuarían hasta la posguerra. En todo caso, el salto a una producción fuertemente industrializada se dio por entonces. Aquel paisaje y aquel mundo vislumbrado por el oficial Thompson se había transformado tanto que era ya irreconocible, los municipios en que se había disgregado el antiguo valle de Toranzo formaban parte de un mundo y de una sociedad modernos y plenamente industrializados.
[1] Debemos el necesario reconocimiento y agradecimiento a Pedro de la Vega, a Ramón Villegas, a Iñaki López, a David Díaz, a José Manuel Martínez y a Tomás Ortiz, que nos condujeron por los caminos del valle en afanosa búsqueda de estos restos.
[2] En un rastreo documental realizado por Pedro de la Vega Hormaechea, a quien debemos agradecer la puesta a disposición de esos datos, se recogen, entre la documentación local del siglo XIX, los caleros de La Rotura, Vallerena, Portillo, Juyo, La Llana, Calero Viejo, Rehoyada, Roya, Serrupio y Julloso.
[3] Archivo Municipal de Santiurde de Toranzo, Libro de Actas del Ayuntamiento de 1898.
[4] El periódico El Atlántico, en su número 299 (27-10-1892) critica este sistema tradicional de horno abierto, llamado «al aire libre», por excesivo gasto de combustible y el desigual resultado en las cocciones, pues dejaban muchos «pollos» o «estudiantes» (sic) como llama a las piedras mal cocidas. Al final para obtener pocas cajas de cal para su venta y llevar el resto del producto a sus tierras.
[5] Enciclopedia Espasa, tomo 10, voz «Calero», Madrid 1911.
[6] Archivo Municipal de Santiurde de Toranzo, Libro de Actas del Ayuntamiento de 1898.
[7] Una tejera aparece en el Boletín Oficial de la Provincia de Santander de 4-10-1847, en el lugar de Penilla, para rematar su arrendamiento.
[8] Probablemente procedan de aquí diversas tejas grabadas y que se hallan en casas, ermitas y escuelas, como una teja escrita que se conserva en la casa de Dª Milagros Ruiz Pacheco que pone Segundo Ordoñez / pando 1915 y otras recogidas en la escuela de Santiurde que ponen también ese nombre y lugar con la fecha de 1908. En este caso debemos agradecer la colaboración a D. Miguel Ortiz.
[9] En una casona de esa localidad se encontraron dos tejas con sendas inscripciones de trazo grueso; en una pone Mazón y en otra 1950. Otra teja más de la misma procedencia muestra una mano abierta.
[10] En el Boletín Oficial de la Provincia de Santander, de 10-10-1856, se inserta este anuncio de subasta pública.
[11] Visitamos de nuevo el lugar el día 11 de septiembre de 2025 en compañía del profesor emérito de la UPV Xabier Orue-Etxebarria, manifestando este la posibilidad de que estos indudables hornos hubiesen sido primero hornos de reducción de hierro. La dificultad, a falta de intervención arqueológica en ellos, está en que no encontramos escoria pegada a la pared y que no vemos la necesaria salida a pendiente, datos imprescindibles para considerarlos como tales.
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