TOÑUCU

Las escuelas de Vargas en la actualidad. Fotografía R. Villegas.

 
Relato torancés/III 
 
Por Segundo Riguero del Moral, Publicado en la revista La Montaña (La Habana), 5 de junio de 1920.
 
En el típico y pintoresco pueblecito de Vargas, no ha muchos años habitaba en una casona antigua, un señor anciano y achacoso, que respondía por el nombre de «tío Ambrosio». 
    Era yo entonces niño, y todavía recuerdo que, según salíamos de la escuela, al pasar por delante de su casona, le encontrábamos sentado a la puerta de la misma, bien haciendo cestas de juncos, a pesar de sus muchos años, picando leña sobre un madero viejo y duro que debían haber colocado allí sus antepasados. 
    Muchas veces, al dirigirnos a nuestras casas le hallábamos sentado en un banco con la cabeza en actitud de profundo abatimiento; sus manos temblaban, y sus canosos cabellos ondeaban al aire en confuso desorden. 
    Entonces, compasivos, nos acercábamos a «tío Ambrosio» y silenciosamente le preguntábamos: ¿Qué le ocurre? Al momento, dándose cuenta de que le mirábamos, erguía con fuerza su cabeza y respondía dulcemente: —¡Nada, hijucos míos, nada! —Pus porqué está tan triste? Callaba un momento el pobre viejo, y al fin, no sabiendo como evadir tal pregunta, se disculpaba con estas palabras: —Yo no estoy triste y, ahora, dejadme, buenucos de mi alma, que tengo mucho que hacer. —Entonces, adiós, «tío Ambrosio». —«Irbos» con Dios, muchachos. 
    Después de que estas escenas se habían repetido varias veces, no dudábamos que «tío Ambrosio» nos ocultaba un secreto que debía torturar grandemente su magno corazón. Pensamos adivinarlo, costare lo que costare. Nuestras indagaciones por el pueblo fueron infructuosas; ya nos desesperábamos de saber la misteriosa historia que nos ocultaba, cuando un pequeño acontecimiento vino a satisfacer nuestro curioso deseo. 
    Amaneció el día de la romería de San Pedro, bastante lluvioso. Distantes como estábamos del lugar de su celebración, nos sentimos bastante desanimados; no obstante, optamos por ir a la fiesta. 
    Cuando la pesada campanona de la escuela del pueblo hacía sonar las doce en el reloj, todos los mozucos y mozos del pueblo por un lado, y las mozas del mismo por otro, al son del típico tambor, y de la flauta [1] , emprendimos la marcha en dirección a Renedo, rebosando alegría y contento. 
    Aquellos hermosos días de gozo y de dicha no se olvidan nunca... nunca ¡oh, Montaña querida!
   Precisamente, cuando pasábamos todos juntos por la carretera que iba a dar a la casona de «tío Ambrosio», ocurriósenos a dos de mis amigos y a mí ir a beber agua a una fuente que existía en aquellos lugares. Los demás siguieron adelante. 
    Al pasar, vimos a nuestro buen anciano tumbado sobre paja en el suelo, tomando el sol. «Tío Ambrosio», le gritamos, ¿quiere venir con nosotros a la romería de San Pedro? Contra lo que esperábamos, no nos respondió. Como estatuas de piedra nos paramos al momento y quedamos helados. Una idea cruzó por nuestra mente. ¿Habría muerto? Acercámonos inmediatamente al lugar donde estaba, y en voz baja le llamamos. 
    Se despertó, miró asustado para todos los lados, después haciendo un supreso esfuerzo indicó con la mano un papel en el forro de su gastada chaqueta, y luego mirando al cielo, plácidamente, dulcemente, murmuró yo no sé qué palabras; al terminar bajó la vista al suelo, miró en derredor suyo, encontróse su vista con la nuestra y en el estertor de la agonía gritó fuertemente con el único hilo de vida que le quedaba: ¡Mi hijo!, y después... murió. 
    Aquellos momentos fueron para nosotros crueles; éramos niños, y no comprendíamos, ni entendíamos el significado de aquellas palabras, solamente comprendimos que había dejado de existir. 
    Estábamos temblando; no sabíamos qué pensar ni qué hacer. Más al fin, poco a poco, volvió a nuestro espíritu la calma, y volviendo en nosotros mismos, pensamos hacer lo que nos había indicado con la mirada. Extrajimos del forro de la mugrienta y desgastada chaqueta un papel todo sedoso y sucio. Le abrimos con manos temblorosas; nuestro corazón palpitaba ¿qué diría aquel papel misterioso?
    Al fin leímos: «Toñuco, Toñuco de mi alma, ¿dónde estás? ¿No oyes cómo te llama tu buen padre? ¿Por qué le abandonas así? Más; bien sé que has muerto; pero ¿quién te ha matado? Yo sé quién te ha matado; yo vi con mis propios ojos, mientras rezaba en el monte, como una mano delicada te empujaba fuertemente hacia el profundo abismo que ente nuestros pies se abría. ¡Ah, sí, recuerdo también la pérfida mujer que tal hizo, la conozco y quiero vengarte, vengarte, sí, como suele vengarse un padre cuando matan a su hijo único, querido. Más un montañés no emplea la venganza del asesino, no; un montañés emplea la venganza del perdón, y sufriré, padeceré y la perdonaré. Así, ya estás vengado, querido Toñuco, ¿estás contento? Sí, ya lo sé, porque entiendo que tú, como montañés, y como hijo de tu padre, piensas como yo». 
    Pobre «tío Ambrosio»; cuanto había sufrido y padecido; qué ejemplo más noble dejaba a todos los montañeses de aquel pueblecito de Vargas. 
    Estábamos delante de aquel hombre, ya cadáver. Ahora le considerábamos como un gigante en grandeza y en poder, y ante su persona considerábamos a los demás cual granitos de arena a una gran roca. 
    Avanzaba mientras tanto la tarde... sonaron en el reloj de la escuela las tres y media. Tristes y pensativos volvimos a nuestros hogares, sin recordar que nos habíamos olvidado de la romería de San Pedro y hasta de beber agua...
 
[1] Se refiere al "pito" montañés.

Comentarios

Artículos populares