La «llena» de 1834 en el valle de Toranzo
Al estudiar el macabro historial protagonizado por el río Pas y sus devastadoras «llenas»[1], es indispensable echar mano, una vez más, de las monografías del doctor Ruiz de Salazar, pues allí nos encontramos con la narración más completa, ilustradora y espeluznante que existe sobre la, posiblemente, mayor tromba de agua acaecida en todo el siglo XIX —y de todo el periodo histórico conocido—. Esta tuvo lugar en el mes de agosto del año 1834 marcando por mucho tiempo a las gentes del valle.
Escribe el facultativo de Alceda[2]:
Así este valle como sus limítrofes han sufrido en diferentes ocasiones terribles trastornos, inundaciones de que voy á hablar ligeramente, aunque con el sentimiento de no poder expresar como quisiera la causa que las produjo, ya por no haber presenciado aquellas horribles escenas, y ya también porque no bastan á explicarlas las cortas investigaciones que llevo hechas en el terreno donde ocurrieron; si bien debo confesar que merecen llamar la atención de los naturalistas geólogos y de todo hombre estudioso.
Apenas la imaginación mas ardorosa y fecunda habría podido concebir tempestades tan horrorosas como las que produjeron los sucesos á que aludo: Hasta el habitante más rudo de aquellas comarcas se convierte en descriptor elocuente cuando se le provoca á referir acontecimientos tan tremendos: es seguro que aún dentro de siglos se contarán allí tales catástrofes con poco menos asombro y admiración que el diluvio universal.
En 18 de agosto de 1834, se presentó la atmósfera muy cargada, si bien se despejó algún tanto con la aparición de la luna. Notóse en esta un dilatado cerco de varios colores, entre los que sobresalía particularmente un vivo morado, fenómeno que a cinco leguas al S. de Ontaneda no se hizo sensible. Al día siguiente 19 volvióse á ver la atmósfera entre oscura, y de diez á doce de la mañana se oyó, según aseveración de personas fidedignas, confusa y repentinamente, cual si saliese del centro de la tierra, un ruido sordo parecidos al de lejanos y prolongados truenos. En los primeros instantes se creyó que hubiese principiado en las cercanías alguna batalla sangrienta; juicio tanto más fundado, cuando habían ya comenzado los horrores y desastres de la guerra civil[3]. A la una de la tarde empezó á llover furiosamente, percibiéndose al mismo tiempo un olor indefinible y de mala calidad. Tan pronto dio comienzo la lluvia, empezaron á salir de junto á las cúspides de las más altas montañas y de sus laderas espantosos torrentes de agua, que vomitaban de sus entrañas piedras enormes y asombrosa cantidad de guijo, dejando después fuentes donde antes no habían existido. El rompimiento y la abundancia de aguas fue tal, que insignificantes riachuelos se convirtieron en caudalosos ríos, y el humilde Pax parecía haberse trasformado en espantable mar embravecido. Aquella formidable masa de agua impetuosamente agitada, no sólo infundía espanto a los atribulados moradores de los pueblos, poniéndoles ante los ojos la triste imagen de la muerte; no sólo les hizo creer que iba á tragarse el valle entero, sino que les persuadió que aquel era el fin del mundo.
Las rápidas corrientes arrancaban de cuajo y deshacían en un instante edificios de diferente magnitud, cuyos materiales quedaban envueltos en horribles torbellinos, confundidos con gran número de personas y animales de toda clase: puentes, árboles, heredades y frutos, todo iba quedando destruido y desaparecía cual leve arista al furioso empuje de aquella bramante tempestad. Al descender de los montes arrastraban cuanto encontraban por delante, formando en las llanuras promontorios de hasta de diez y ocho pies de altura, de maleza, guijo y piedras de increíble tamaño, obstruyendo los caminos y las calles de algunos pueblos. En las heredades, prados y baldíos dejaron depositada gran cantidad de légamo compacto muy suave y resbaladizo que estuvo exhalando por bastante tiempo un olor sumamente pestífero. Las plantas, los arbustos y hasta los árboles mas corpulentos y lozanos quedaron secos por donde se extendió aquel cieno tan particular. Las tierras labrantías no produjeron nada los primeros años, aún al presente, habiendo transcurrido quince años, no lo hacen como antes.
Muchas desgracias extraordinariamente notables se me han contado de esta terrible avenida; pero solo referiré tres de que ahora me acuerdo. El barrio de las Navedas de arriba del lugar de Santibáñez, del inmediato valle de Carriedo, fue arrebatado por el ímpetu de las aguas todo entero con cuanto encerraba, sin que hubiesen quedado ni los cimientos que acreditasen dónde estuvo edificado. En el pueblo de Pie de Concha, valle de Iguña, la casa de un tal Obregón se la tragó la tierra, sin quedar reliquia de su existencia, y la de Fontecha se la llevó entera el agua con su dueño y la veintinueve personas que con él estaban, sin que se salvase ninguno, ni pareciese después más que su mujer, la cual vestida con el hábito de Santo Domingo (cuyo traje se puso sin duda en los momentos de tribulación, cuando la casa anduvo con las corrientes como cincuenta pasos) se encontró enganchada del pelo en un árbol á bastante distancia. Los animales desaparecidos no tienen cuento. Refiérese que algunos cerdos muy gordos se hallaron sanos á tres y cuatro leguas del sitio de donde fueron llevados con la casa en que estaban: á una ternera se la encontró ilesa como á tres cuartos de legua de donde fue arrebatada: lo mismo se dice que sucedió á alguno que otro animal: el rompimiento de las aguas produjo en varios puntos excavaciones de veinticinco y treinta y dos pies de profundidad, y en su fondo aparecieron árboles colosales y como petrificados, alguno de los cuales dio más de cuatrocientas arrobas de leña.
Aun después del tiempo transcurrido, las montañas conservan hendiduras, hundimientos y otras señales de este grave suceso. Pero los males causados no consistieron precisamente en las grandes pérdidas materiales en que el hijo deploraba la desaparición para siempre de sus idolatrados padres; estos la de sus queridos hijos etc., sino que hubo más: era sumamente triste y desconsolador el horrible cuadro que bastante tiempo después siguió ofreciendo aquel desolado país, cuya atmósfera se iba cargando de emanaciones deletéreas y gases desprendidos de los diferentes despojos orgánicos en putrefacción, y de las diversas tierras y minerales que descarnados quedaron expuestos á la libre acción del aire causando infinitos males á la salud pública.
En otro apartado de sus trabajos, más concretamente la que hace referencia a «Reseña histórica de las fuentes sulfurosas de Ontaneda y Alceda»[4], vuelve de nuevo a hacer mención de esta memorable riada. Así, al contarnos los orígenes de la casa de baños de Alceda, relata que «… D. Tomás López Calderón, natural de Bejorís y vecino de Santander, llevado de su genio emprendedor, mandó levantar, á sus expensas, sobre la fuente de Alceda, en el año de 1818, una casita de baños que le costó de ocho á diez mil reales. A beneficio de este asilo, fue creciendo el concurso á aquella fuente; mas por desgracia vino el sitio á quedar como antes á consecuencia de la espantosa crecida del Rio Pax, ocurrida en Septiembre de 1834[5]; sin embargo, el pueblo que había conocido las ventajas de la primitiva casita de baños arrebatada por el río, no tardó en sustituirla con la que existía cuando tomamos posesión de nuestro cargo».
Casi todos los autores que hemos podido consultar, tanto del siglo XIX como del XX, y que han tratado el tema de las inundaciones provocadas por el río Pas, han tenido presente la crónica aportada por el doctor Ruiz de Salazar, lo cual, corrobora el hecho de que la crecida del mencionado año 1834 fue una de las de mayor poder devastador sufrida por los moradores de estos pueblos toranceses en toda su historia. Aunque no se menciona explícitamente la pérdida de vidas humanas en este relato que estamos comentando, es de suponer que la población lugareña padecería un sinfín de calamidades —incluida la muerte de personas—, provocando el abatimiento y la desazón que a buen seguro permanecieron mucho tiempo después.
A modo de ejemplo ilustrador de lo anteriormente escrito, nos podría servir el hecho de imaginarnos la congoja y la tremenda angustia que debieron padecer los vecinos de Bejorís en ese fatídico día, al contemplar cómo el regato llamado Jonaz se llevó por delante parte del antiguo cementerio del pueblo, el cual estaba situado en el lugar llamado El Cubo, a la subida del Escajal, según relata Ramón Ortiz de la Torre[6]. Este mismo autor local, y en otro lugar del mencionado trabajo, donde diserta sobre los molinos que existieron en el pueblo, dice que «… en el sitio llamado La Cardosa, convertido hoy en pedregal, hubo una muy importante ferrería, llamada de La Rabia, por el término donde estaba situada; fue destruida totalmente, por la llena del año 34, y perteneció a la ilustre casa de Corvera».
Otro significativo escritor y cronista de aquellos tiempos, como fue José Antonio del Río, también se interesó igualmente por esta «llena» de 1834, además de otras, que también afectaron a nuestro valle. En su libro titulado La Provincia de Santander dedica todo un capítulo a tratar sobre las inundaciones sufridas por los habitantes de La Montaña, centrándose básicamente en las causadas por los ríos Pas y Besaya.
En uno de sus primeros párrafos, y tras recordar las citas del doctor Ruiz de Salazar que hacían referencia a los aluviones del siglo XVIII, nos hace una detallada, a la vez que dramática, descripción de la famosa tromba del año 34.
Dice el señor Del Río:
Nosotros recordamos haber visto cerca de Santander los vestigios de otra inundación famosa, que llenó algunas comarcas de terror y llanto. Sí, recordamos haber atravesado siendo niños y marchando con muchas precauciones por lo resbaladizo del terreno, humedecido todavía y lleno de limo, una ribera sembrada de animales ahogados, y recordamos la tristísima historia que al pasar por allí se nos contaba, pues era todavía la única cosa de que se hablaba en la provincia.
Era el 18 de Agosto de 1834 cuando en toda La Montaña se sintieron los síntomas primeros de una gran catástrofe. Lluvias fuertes é incesantes, vientos huracanados del N. O., relámpagos y truenos, y el mar alborotado hasta el extremo de tener que volver buques de arribada para no perderse, era lo que se notaba en Santander y en los puertos todos de la costa.
Al día siguiente llovía de tal modo, que parecía que se había desatado algún nudo de las nubes, y que los depósitos de agua del mundo entero estaban en ellas.
Santander, por la distancia á que se halla de los ríos de alguna importancia, está libre de esta clase de desgracias, pero ya se temía que diluviando de aquel modo habría calamidades fuera de aquí. Ya no eran pequeños los pequeños ríos, ya no había fuentes ni arroyuelos. Salidos todos de su lecho, se extendían é iban semejándose a brazos de mar, pero con corrientes que asustaban. De las montañas bajaba una masa tan enorme de agua que lo tronchaba todo, y arrastraba, en su rápida crecida, árboles, peñascos, casas, molinos, puentes y todo cuanto encontraba en su paso. Los valles más extensos como los de Toranzo, Iguña, Piélagos, y vega de Torrelavega se convirtieron en inmensos lagos, ofreciendo vistas, magníficas si no fuese por los perjuicios que ocasionaba la transformación, pero que herían el sentimiento del dolor, porque, donde menos, se sospechaba que iban á ocurrir por otras partes infinitas desgracias de todas clases.
No podemos pintar con el colorido verdadero las escenas que nos contaron. Y ni tampoco las pintaría nadie, porque los colores de un cuadro semejante solo podría emplearlos debidamente quien pasara por ellos, y el instante en que ocurrieran las escenas […].
Todos los ríos de la provincia, unos más otros menos, salieron de sus naturales límites, pero el río Pas, «destruye puentes», como le llamamos al ocuparnos de él, y el Besaya fueron los que se hicieron entonces, como casi siempre, los más funestamente célebres[7].
Diez años después de haber escrito esto, José Antonio del Río publicó la principal obra de su carrera literaria: La Provincia de Santander Considerada Bajo Todos sus Aspectos. Se trata de una extensa y detallada efemérides, que hace referencia a la historia de la entonces provincia de Santander, desde la Edad Media hasta su tiempo (finales del siglo XIX). En ella encontramos diversas noticias relacionadas con las avenidas del Pas y los destrozos que estas infligían al valle. A cerca de la que nos ocupa en estos momentos leemos lo siguiente: «En esta terrible jornada nos parece que fue cuando aquellas mismas aguas arrancaron por su base el puente de piedra que había en la carretera nacional sobre el Pas en Vargas y en el mismo sitio que ocupa el colgante, que le reemplazó[8]: en el intervalo de la desaparición del primero, que no conocimos, á la construcción del actual, que vimos inaugurar, pasamos muchas veces el río en una barca que transbordaba á toda clase de viajeros, es decir, á los que iban a pié, á caballo ó en diligencia. Oímos entonces también denominar al Pas 'destruye puentes', y la experiencia siguió demostrando que estaba bien puesto semejante apodo»[9].
Sobre este famoso puente de Carandía se ha encontrado una amplísima información revisando la vieja prensa del siglo XIX. De ella deducimos que fue un puente de vital importancia para la comunicación y el comercio de Santander y su puerto con las capitales castellanas, La Rioja[10] y Madrid, ya que formaba parte de la carretera del Escudo. Fue por ello que las vicisitudes por las que pasó dicho puente como consecuencia de las riadas, fueran recogidas, casi a modo de documento notarial, por aquellos que sentían verdadera preocupación por los intereses económicos de la provincia y su capital.
El Vigilante Cántabro, uno de los primeros semanarios publicados en la capital santanderina y que tenía como cometido la defensa de los intereses administrativos y comerciales de la misma, fue uno de esos medios que plasmaron en sus páginas dicha realidad, que como veremos a continuación, era por aquellos días poco o nada halagüeña.
Ya en su número cuatro, correspondiente al domingo 12 de diciembre de 1839, y en el marco de una controversia abierta entre varios colaboradores y suscriptores del periódico a causa del estado en que se encontraban las carreteras de la entonces Cantabria, nos topamos con algunos datos de importancia.
El primero y más notorio para lo que nos interesa, constata que el antiguo puente de madera de Carandía, construido en 1802, fue una víctima más de esta funesta tromba del 19 de agosto de 1834. Como veremos acto seguido, los trastornos derivados de tal circunstancia para el buen tránsito de personas, animales y mercancías fueron harto importantes durante varios años después, a pesar de haberse instalado una barca para abiar el problema.
Así, en el referido número de El Vigilante Cántabro leemos lo siguiente: «Pero ¿qué diremos de la falta del puente en Carandía? Cinco años van pasados que se llevó el que había, la avenida de 1834, y cinco años ha que están sufriendo por su falta la industria, el comercio y los contribuyentes en general, a pesar de que los portazgos han rendido tan pingüemente, que hubiera podido hacerse de plata. Una barca en verdad hay para el paso; pero su servicio es insuficiente y peligroso, pues ya hemos visto que la mayor parte de un convoy militar que pasaba en la barca, hará luego dos años, se hundió en el río con barca, carros, carga, gente y animales. Esto amen del ganado que diariamente se estropea o se mata de los pobres carromateros al tiempo de bajar a la barca por una u otra orilla del río». Más adelante señalaba el articulista —anónimo, por cierto— las soluciones que a su entender había que adoptar para remediar tales inconvenientes diciendo que: «Se ha dicho días pasados que se iba a hacer por la Dirección de Caminos en el citado río de Carandía un puente de madera. ¿Será posible que en el año 39 en esta época de ilustración y adelantos, se piense en un puente de madera, para un punto como el de Carandía? Se me observará que la Dirección no tiene fondos para hacer otra cosa. Respuesta vana, trivial y usada. El Gobierno o la Dirección no deben necesitar dinero para obras de esta naturaleza. Llámese a licitadores o empresarios, y no faltará quien haga a su costa en Carandía un elegante, sólido y hermoso puente colgante, con tal de que se le ceda el portazgo de Viesgo durante cierto número de años».
Este anterior comunicante abrió, como ya hemos dicho, una larga polémica con otras personas que tenían puntos de vista distintos sobre las carreteras regionales en general y el destruido puente de Carandía en particular. De esta manera, en el siguiente número (29 de diciembre de 1834), un redactor de El Imparcial le recriminaba diciendo, entre otras cosas, que si se cedieran los productos del portazgo a un particular para construir un puente nuevo colgante se quedaría sin fondos la Dirección para el mantenimiento del resto de la carretera. Además, apuntaba que los gastos originados por la guerra —lógicamente se refiere a la Primera Guerra Carlista— han impedido al Gobierno afrontar las obras de restauración.
Un tal Antonio Arriete, persona ligada a la administración o al cuerpo de facultativos, según parece, también contestó al primer comunicante refutando sus ideas. Dicho señor, en el número 6 del citado periódico, de fecha 5 de enero de 1840, dictaminaba que los dineros recaudados del portazgo de Viesgo no son tan cuantiosos como el anónimo afirmaba y que la construcción del puente de madera que se proyectaba era la mejor solución posible por el momento. En otro punto del escrito decía que, aunque admitía el hecho de que la barca era un medio penoso para el tránsito, constituía el único recurso disponible al alcance de la administración y que para facilitar el tráfico se había puesto gratis su paso. Referente al famoso accidente militar mencionado por el primero, este apuntó que ello «… fue sólo efecto de obligar con la fuerza de las bayonetas a que se las cargase con más peso del que podía y debía soportar».
En el correspondiente al 23 de febrero, otro litigante ya mencionaba la posibilidad de que se construyera un puente colgante en el mismo lugar donde estaba el antiguo de madera, ya que una empresa especializada en este tipo de obras públicas ya lo había propuesto, aunque el Gobierno, de momento, lo desechaba por su carestía.
Por último mencionaremos aquí otra opinión, esta del propio semanario, que también tiene que ver con el famoso puente de Carandía y sus desdichas. Apareció en el número quince, de 8 de marzo de 1840, y en ella pone de manifiesto su visión de los males de todo tipo que soportaron unos y otros por la falta del mismo. Decía así el redactor de El Vigilante Cántabro: «… Después de seis años, que una arriada llevó el puente de Carandía, hoy es el día que se está supliendo falta tan atendible con una barca, que ocasiona las retardaciones y exposición, que son consiguientes, sumamente perniciosas a las conducciones. Los carruajes y caballerías pagan los portazgos, que no son pocos, ni baratos, como si recibiesen el beneficio del puente que no existe; en medio de sus viajes ven cortado el camino, que tan caro les cuesta, por un río, en cuya orilla tienen que sufrir indispensablemente pérdida de tiempo en espera de la barca, y de que les llegue la vez: si el río ha subido por las arriadas tan frecuentes en el país por lo lluvioso del clima, o por el derretimiento de las nieves en las alturas, la detención es más considerable; porque no hay paso y vencido uno y otro inconveniente siempre corren el riesgo de la travesía del río pues ya ha sucedido el hundimiento de la barca, sea el que fuese el motivo que le ocasionase». Finaliza el escrito recriminando a las autoridades competentes en el asunto por la tardanza en construir uno nuevo.
Refutando este negro panorama nos encontramos en el Boletín Oficial de la Provincia de Santander de fecha 18 de noviembre de 1841 una nota que informaba a los lectores que por parte de la Dirección General de Caminos, Canales y Puertos se sacaba a pública subasta la barca denominada de Santiago que «estaba en Carandía y que una de las últimas avenidas del río ha arrastrado frente al pueblo de Renedo». Terminaba diciendo que si alguien estaba interesado en dicha subasta tenía que acudir al parador del mismo Carandía, donde se celebraría el remate el día 23 a las 10 de la mañana.
Sepa el lector que pocos años más tarde, por fin, se construyó en este pueblo un puente colgante —el primero, junto al de Arganda, de España—, que estuvo en servicio hasta que otra terrible riada sucedida en 1908 lo arruinó por completo.
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| El puente colgante de Carandía en una tarjeta postal de 1905. Archivo R. Villegas. |
Para los curiosos y amantes de los datos, decir que dicho puente lo construyó una sociedad francesa titulada «Empresa Seguín de Puentes Colgados», la cual había contratado con el Gobierno español la ejecución de otros tres más por toda España. Las obras comenzaron en 1843, al parecer, sin proyecto ni presupuesto previo, lo cual quiere decir que entró en los planes del Gobierno a última hora de forma precipitada. Su ejecución se hizo en algo más de un año, ya que el 29 de mayo de 1843 se iniciaron las pruebas oficiales para la recepción del mismo por parte de las autoridades, y en septiembre se abrió al tránsito público.
El puente tenía 225 pies de largo por 21 de ancho entre barandillas, elevándose 30 pies sobre el nivel de las aguas. Costó al estado en aquella época 5 millones de reales que financió cediendo a la empresa constructora los derechos del antiguo portazgo de Carandía, hasta 100.000 reales al año, por espacio de los cincuenta en que estaba garantizada la obra, y si no alcanzaban aquellos, con los de Viesgo y Entrambasmestas. Durante estos cinco lustros la conservación del puente estuvo a cargo de la mencionada sociedad francesa, y una vez terminado el plazo del contrato, cosa que sucedió en 1893, dicha obligación revirtió al Estado, que cumplió hasta el citado año de 1908[11].
En cuanto a la famosa barca de Carandía que prestó servicio durante el periodo de tiempo que transcurrió entre la destrucción del antiguo de madera en la riada de 1834 y la construcción del «moderno» colgante, poca información más hemos conseguido hasta la fecha[12]. Parece ser que ya existía antes de 1802, época de la construcción del puente referido que formaba parte de la infraestructura de la carretera a La Rioja, pues así quedó reflejado en el mapa de López de Vargas de 1774[13]. Durante la primera carlistada, como ya se ha dicho, tuvo esta barca una gran relevancia estratégica, siendo protegida en algunas ocasiones por destacamentos liberares de manera permanente.
Sabido es también que su infraestructura —barcas, ramblas, amarras, casetas y demás adminículos que existieron— quedó en desuso, pero no su recuerdo y experiencia, pues se tuvo que echar mano de nuevo a la navegación fluvial por el Pas debido a que otra riada célebre habida tiempo después, en 1908, dejó sin puente la carretera de Burgos a su paso por Carandía. Tal fue la importancia estratégica y social de este servicio, que su existencia quedó grabada en la memoria colectiva de los habitantes de la zona, no en vano, aún hoy se denomina el lugar donde operó como La Barca[14].
Por otra parte, en 1993, Mª Azucena San Pedro Martínez publicó una interesantísima monografía que trataba de la historia del balneario de Puente Viesgo. En uno de sus capítulos que hablaba de las muchas dificultades y vicisitudes que sufrió el citado establecimiento en sus comienzos, encontramos otra ilustrativa referencia que podríamos poner como buen ejemplo de los muchos daños provocados a la economía del valle por las citadas acometidas del Pas, especialmente esta que estamos rememorando.
Sobre las acontecidas en la primera mitad del siglo XIX dice esta autora que: «A partir de 1830 y durante toda la década, el río Pas golpeó con más fuerza si cabe que otros años, esta casa de baños, llegando a inutilizarla totalmente en 1834 y causando muy graves desperfectos. En este periodo se emplearon, entre otras muchas, partidas de 962, 605, 2.499, 218 y 298 reales en retejos, puertas, tableros para baños, así como en la limpieza de lodo y maleza que la corriente había llevado a taponar la salida de las aguas.
Para contener en alguna medida la fuerza destructora de las avenidas, se decidió entonces la colocación de una muralla que hiciera frente al río, la cual no pudo detener su fuerza en los años siguientes, continuando los gastos en reparaciones múltiples: en 1840 fueron 5.714 reales y en 1841, 5.216»[15].
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| El balneario de Puente Viesgo a finales del siglo XIX, donde ya aparece construido el muro de defensa contra las riadas del Pas. Archivo Pedro de la Vega Hormaechea. |
El recién creado Boletín Oficial de la Provincia de Santander, casi el único medio de información existente en aquellos atribulados años de la década de 1830, pasados seis años de la riada, publicó en uno de sus números un interesante informe donde se detallaban jurisdicción por jurisdicción los tipos de daños y las cuantías derivadas por los efectos de la famosa «llena». Estos datos habían sido previamente remitidos por los ayuntamientos constitucionales afectados al Gobierno Civil de la provincia, el cual, de esta manera, los hacía públicos.
Atendiendo a la lectura de dicha lista de perjuicios y perjudicados, salta a la vista que sus datos son parciales, ya que muchos de los ayuntamientos remitieron numerosa información incompleta, obviando cuestiones tan importantes como las tasaciones de los bienes perdidos. Otros, caso de los del valle de Toranzo, desgraciadamente para nosotros, no mandaron absolutamente nada, o al menos, no lo recibieron en modo y forma.
Aunque no sabemos a ciencia cierta las causas por las cuales los ayuntamientos toranceses «pasaron» de cumplimentar los modelos facilitados por la administración, es obvio que la precariedad de medios, unido al estado anímico del vecindario y regidores, tuvieron algo que ver en ello. Además, por entonces, estaba en auge la Primera Guerra Carlista, siendo nuestro valle escenario de innumerables altercados entre ambos bandos, que muchas veces consistían en atracar o interceptar a los correos, por lo que no sería descabellado pensar que las reclamadas declaraciones de daños acabarían en poder de alguna partida legitimista. Fuese como fuese, el caso es que no contamos con dicha información, que hubiese sido muy clarificadora de lo acontecido durante los días 19 y 20 de agosto de 1834 en nuestro territorio[16].
Con una intención meramente ilustrativa, procederemos a continuación a extractar algunos datos de dicha lista de perjuicios pertenecientes a jurisdicciones vecinas a la nuestra. De esta manera se hará el lector una idea aproximada de lo que pudo haber ocurrido en la cuenca media-alta del Pas. Previo a ello trascribiremos las impresiones que el redactor del Boletín escribió como introducción al «Estado de los perjuicios causados por la avenida del 19 al 20 del mes de Agosto de 1834».
Dice así:
La avenida del 19 de agosto del año 1834 es uno de aquellos acontecimientos extraordinarios que se trasmitirá con admiración a la más remota posteridad. Nuestros nietos nos oirán hablar de él y apenas le creerán: tal fue el incremento de las aguas, tales los sitios que inundaron y tales los destrozos que hicieron, que se nos hace increíble a los mismos que hemos sido testigos del portento. Si reparamos en los campos destruidos, en las arboledas arrancadas, en los pueblos arrasados y en las terribles señales que han dejado las aguas en puntos bien distantes del río; no podemos menos de pasmarnos de la inmensidad del diluvio que causó tanto estrago. Tan grande como ha sido, no ha llamado mucho la atención pública fuera de la provincia que la sufrió; apenas han hablado de él los periódicos. Sin embargo ha sido una calamidad lamentable, aquellas que merecen haber excitado la compasión u beneficencia de toda la nación. Innumerables familias han quedado en la miseria sin que nadie se haya tomado el caritativo cuidado de abrir suscripciones o siquiera clamar en su favor. Los infelices labradores vieron desaparecer el fruto de sus sudores y hasta las tierrecillas que los produjeran, su rústica casa, sus ganados y tal vez otros objetos aún más caros; y no han recibido el menor socorro, ningún alivio que les hiciera más llevaderas sus desgracias. Las contribuciones se han pagado corrientemente, y se han levantado las inmensas cargas que la guerra ha echado sobre una provincia, limítrofe a las insurreccionadas.
Aunque ello ha sido moneda de cambio común en el comportamiento humano en todas las épocas de la historia, incluida la actual, lo cierto es que con la aparición de los medios de comunicación masiva en los comienzos del siglo XIX cual es la prensa escrita, y con ella la circulación de pensamientos e ideas, ha sido cuando ese sentimiento de mejorar las cosas se hizo más pública y patente entre la población.
Buen ejemplo de lo anteriormente cavilado lo encontramos al repasar los periódicos que se publicaban en el Santander de mediados de la centuria pasada y que trataron las inundaciones de 1834.
Como anteriormente vimos al repasar los artículos aparecidos sobre el tema en El Vigilante Cántabro, uno de los más influyentes de la época, provistos ellos de un gran componente de autocrítica y deseos de mejorar, otros periódicos de entonces se preocuparon de difundir dichos propósitos regeneracionistas. Uno de ellos fue El Buzón de la Botica, que se vendía en los quioscos capitalinos hacia el año 1844, siendo habitual en sus columnas la inserción de espléndidos escritos referentes a la vida social y económica del momento.
En uno de estos escritos, aparecido en el número tres de 1844, leemos precisamente una interesante disertación sobre las consecuencias de estas riadas en los distintos valles de Cantabria, los trabajos e iniciativas emprendidas por los lugareños y autoridades y qué proceder había que tener con los cauces de los ríos para impedir en la manera de lo posible nuevas inundaciones.
El redactor de El Buzón de la Botica dice así:
La parte occidental de la provincia de Santander ha sufrido en los últimos diez años una transformación notable y perjudicialísima. Las continuas y espantosas avenidas de los ríos Pisueña, Pas, Saja, Rabia, Besaya y otros ha trocado en ásperos pedregales muchos y feraces terrenos de los valles de Carriedo, Toranzo, Cabuérniga, Cabezón y de la jurisdicción de Torrelavega; y el desbordamiento cada día mayor de las aguas de aquellos, y la enorme cantidad de piedras que arrastran en los tiempos de sus crecientes amenazan destruir totalmente las fértiles vegas, que bañaban en otros días. Empero si bien se han dejado sentir en todos los referidos valles el daño causado por las impetuosas riadas sobrevenidas en el año de 1834 y en 2 de Junio del actual, son a no dudar de mucha mayor consideración los perjuicios irrogados a los de Carriedo, Toranzo y Cabuérniga. En estos es casi imposible reconocer en la actualidad muchos lugares en los que diez años há se advertía una vegetación vigorosa, y causa profunda sensación ver destrozados los campos y arruinadas las casas que lindaban antiguamente con los ríos. El Pisueña, el Pas y el Saja, mudando de cauce con frecuencia y a su antojo, han dejado en su primitivo lecho una montaña prolongada de peñascos: los puentes construidos sobre ellos se alzan ahora sobre moles de guijarros sin que el más pequeño arroyo remoje sus secas maderas: las mieses llenas de verdor y lozanía han desaparecido sin que quede señal alguna de su existencia; y en vano la memoria del hombre, que recorre aquellos sitios, se esfuerza en recordar el lugar en donde el afanado labrador cultivaba la tierra para proporcionarse el sustento.
Triste y lastimosa es sin duda la situación de los pueblos que ocupan el territorio, que se extiende desde la villa de Selaya hasta la Hoz de Cayón, desde Luena hasta Puente-Viesgo, y desde Renedo a Sopeña; triste y lastimosa si se atiende a los males padecidos; pero muy más dolorosa si se fija la consideración en el porvenir. Por esta razón los hombres, que se interesan en el bienestar del país, buscan en este momento los medios de preservarle de las calamidades que serían consiguientes a una nueva invasión de las aguas, y procuran adoptar las medidas más oportunas para evitar los estragos que pudiera causar. El celoso Sr., Jefe político de la provincia, comprendiendo la alta importancia de este asunto, acudió muy luego después de la última catástrofe al valle de Toranzo, recorrió personalmente y en compañía de un Ingeniero las riberas del río Pas, y a su vuelta a esta ciudad comisionó al Secretario del Gobierno político para que en unión con D. Luis de Torres Vildosola, Ingeniero también, corriera las márgenes del Pisueña. Estos reconocimientos utilísimos han sacado a los pueblos del letargo en que yacían a la vista misma del peligro; y las acertadas disposiciones adoptadas por la Autoridad superior política de acuerdo con los Ingenieros producirán, mediante la aplicación de los vecinos, el inmenso beneficio de encerrar a los ríos dentro de ciertos límites, defendiendo de este modo en lo posible los terrenos colindantes y evitando las desgracias que hubieran sido irremediables de continuar el estado de apatía y abandono seguido hasta el día.
Por fortuna, y para bien de la provincia, no han sido por esta vez infructuosos los esfuerzos de la Autoridad. Los pueblos han correspondido a su llamamiento; las personas inteligentes y de influjo se han prestado a contribuir con sus conocimientos y con su prestigio, y en varios sitios de los valles de Toranzo y Carriedo se ha dado ya principio a los trabajos aconsejados por los Ingenieros, verificándose otro tanto en Cabuérniga, a cuyo valle se han concedido con este objeto por el Gobierno de S. M. algunos arbitrios. Elogio merecen por su celo los mencionados funcionarios, las personas influyentes y los pueblos, pero como el mal no se concreta a los tres puntos designados, sino que se extiende a otros muchos de la provincia, nos parece conveniente hacer públicas por medio de este artículo las principales medidas acordadas por los facultativos, con el objeto de que los pueblos amenazados por su proximidad a los ríos puedan ejecutar las obras necesarias a su conservación y resguardo.
Al efecto es preciso, para que las aguas no se derramen por sus vecinas riberas, formar a los ríos un cauce espacioso y bastante profundo en la dirección que menos violente su curso, separando con tal intento la piedra amontonada en el centro, construyendo con ella a los costados una especie de murallones, o paredes de contención, de la altura y espesor que requiera la fuerza del río, y colocando detrás cuanta piedra se extraiga del alveo que se pretenda formar.
Es además conveniente, y en muchos sitios necesario, hacer cestones o estacadas, que rellenos de piedra gruesa presenten a las corrientes un punto de resistencia difícil de mover, y las obliguen a variar de dirección quebrantando de este modo su impetuosidad, cuyo objeto se logra fácilmente colocando las estacas con bastante aproximación.
Útil es también prohibir los cerramientos de los terrenos contiguos a los ríos a fin de que los cercados, movibles en lo general al más ligero embate, no aumenten con sus piedras el número de las que los ríos arrastran, y contribuyan a destruir cuanto se oponga a su paso.
No es menos necesario cuidar de que no se extraigan piedras sino del cauce, impidiendo que sean separadas las de los costados y disminuidos los paredones.
Y por último es considerado como muy beneficioso el plantío de árboles, debiendo procurarse asimismo la cría de aquellas malezas que con más prontitud se arraiguen, y verificando unas y otras plantaciones a orillas de los ríos, próximas a los murallones, para que al tiempo de su crecimiento se entrelacen con las piedras y lleguen a componer un todo compacto que resista a cualesquiera choques.
Tales son las obras indispensables para librar a los terrenos lindantes con los ríos del riesgo, que les ofrece su vecindad. Su ejecución, si bien a primera vista se presenta difícil y dispendiosa, no es sino muy fácil y económica valiéndose del medio que se ha adoptado para realizar los trabajos en los valles de Toranzo y de Carriedo. En estos, cada vecino de los pueblos limítrofes a los ríos está obligado, o a construir cierto número de brazas de pared, o a sacar cierta cantidad de piedras, o a prestar aquella otra calase de auxilios y servicios que se requieren para llevar a efecto lo proyectado. Con semejante método los trabajos no se hacen pesados, no se agobia a los pueblos con impuestos, y las obras adelantan rápida y visiblemente sin que persona alguna sufra perjuicio ni gravamen.
Sentimos sobremanera, que la falta de conocimientos nos obligue a ser tan ligeros, porque la gravedad del asunto requiere mayor detenimiento; mas, puesto que no nos es dado tratarle con la debida extensión, nos tomamos la libertad de rogar a las personas inteligentes, que se ocupen de una materia tan interesante y tan vital para la provincia, deshaciendo las equivocaciones que hayamos podido cometer en este artículo y proponiendo los medios más conducentes para conseguir que los ríos no causen los estragos que hasta aquí han causado.
A modo de contestación al anterior artículo, dio el mismo periódico cabida en su siguiente número a otro, no menos extenso e instructivo que él, con el fin de divulgar una opinión distinta aunque, como veremos a continuación, complementaria en cierta medida sobre el asunto. Así, tras subrayar lo ya sabido, o sea la incuria en que quedan los terrenos tras las avenidas, denuncia que los procedimientos seguidos hasta entonces para evitar tales destrozos no servían, para lo cual razona y pone de ejemplo el párrafo que sigue: «Las operaciones de abrir madre a los ríos, de fortificar sus orillas son tan antiguas, que se pierden en la memoria. Ellas sin embargo no has surtido efecto, o le han producido tan escaso, cual lo demuestran con orgullo los mismos ríos, triunfantes siempre en sus caprichosas irrupciones de todos los esfuerzos del hombre. Ejemplo palpitante es de esta verdad el lugar de Ontaneda, donde tanto dinero se ha gastado, para contener el enfurecido Pas. Vénse además los pueblos, desde Alceda a Iruz y Corvera, gravados con la terrible pensión de acudir en masa a los apedreos. Lo que trabajan en un año es destruido en un momento, y, semejantes al sísifo de la fábula, su tarea tiene que empezar de nuevo».
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| El río Pas a su paso por Ontaneda en una fotografía de finales del siglo XIX. Colección Antonio Bartolomé. |
Su teoría se basaba en acusar a los cantos rodados o cudones que se encontraban depositados en los cauces de los ríos como los verdaderos causantes de que las corrientes se desbordaran, por aquello de que interferían en el lógico discurrir de las aguas, al formar estos pequeñas presas o barreras que hacían retroceder o cambiar de rumbo las mismas.
Para resolverlo proponía el articulista, resumidamente, limpiar o desproveer de piedras aquellos lugares aledaños a los cauces de los ríos, especialmente en las cabeceras, donde abundan los castros y precipicios rocosos. Con ello se evitaría que dichos materiales se desgajasen de su lugar por los efectos del viento, la lluvia o la erosión misma. Básicamente lo que intentaba decir era que manteniendo los lechos de los ríos limpios de piedras, no sólo quitándolos cuando se acumulan, si no por medio de la prevención, las corrientes discurrirían sin obstáculos, siendo entonces más rápida la evacuación hacia el mar de grandes masas de agua.
Cerramos este recorrido por las informaciones que hemos podido reunir a cerca de la célebre riada de 1834, con una curiosa anécdota, recogida por Carmen González Echegaray en sus tantas veces mencionado trabajo dedicado al Valle de Toranzo. La citada noticia nos viene a decir que, en ocasiones, las desgracias padecidas por algunos se convierten en gozos para otros. El texto al que hacemos referencia dice: «… Y hablando de tesoros, muchos años después, en la riada de 1834, bajó por el Pas una viga entre los rizados rabiones del río, y quedó depositada entre otros muchos escombros en las riberas de Liencres. Al ir a aprovecharla para leña algunos vecinos de este último lugar, se encontraron dentro del madero una hendidura a manera de caja, con monedas de oro dentro»[18].
[1] Palabra con la que se designa en estos valles a «riada de enormes dimensiones y de gran poder destructivo para las propiedades y para las personas».
[2] El texto que reproducimos aquí es el que aparece escrito en el libro titulado Descripción geográfica y topográfica del Valle de Toranzo, en la provincia de Santander, y observaciones hidrológicas sobre los baños y aguas hidrosulfuradas de Ontaneda y Alceda. Su publicación data del año 1850.
[3] Se refiere el autor a la Primera Guerra Carlista (1833-1840).
[4] En esta ocasión copiamos lo escrito en el libro titulado Monografía de los Baños y aguas minero-medicinales nitrógeno-acídulo-sulfuradas de Ontaneda y Alceda, publicado en el año 1876.
[5] Aquí el autor se confundiría de mes. Fue agosto y no septiembre.
[6] ORTIZ DE LA TORRE Y FERNÁNDEZ BUSTAMANTE, Ramón: Recuerdos de Cantabria. Libro de Bejorís, Palencia: 1897.
[7] DEL RÍO SAINZ, José Antonio: La provincia de Santander, Santander: imprenta de Salvador Atienza, 1875.
[8] Aunque el señor Del Río dice aquí que el puente destruido era de piedra, lo cierto es que estaba hecho de madera, pues así figura escrito en diversos artículos aparecidos en la prensa de la época que trataron sobre el asunto.
[9] DEL RÍO SAINZ, José Antonio: La provincia de Santander considerada bajo todos sus aspectos (2 tomos), Santander, imprenta Del Río Hermanos, 1885.
[10] El nombre originario de esta carretera que cruzaba el río Pas por Carandía y se adentraba por el valle de Toranzo para ascender el puerto del Escudo, era precisamente el de «la carretera de La Rioja», ya que su destino fue inicialmente unir la costa cantábrica con la fértil Rioja.
[11] La mayor parte de los datos aquí expuesto están tomados de los dos siguientes escritos: el primero está firmado por Buenaventura Rodríguez Parets y apareció inserto en el semanario Cantabria, con fecha de 8 de agosto de 1904. El segundo forma parte de la obra firmada por José del Río Sainz titulada La Provincia de Santander Considerada bajo todos sus Aspectos, editada en 1885. Página 365 y siguiente.
[12] Recientemente ha salido publicado un interesantísimo trabajo que habla de la historia de las diferentes barcas que existieron en los pasos de ríos y rías en Cantabria, entre la que se encuentra esta de Carandía: GONZÁLEZ DE RIANCHO MARIÑAS, Anníbal: Barcas, barcos y barcajes en los pasos de ríos, rías y bahías de Cantabria, Centro de Estudios Montañeses, Santander 2022.
[13] LÓPEZ DE VARGAS MACHUCA, Tomás: Mapa que comprehende el partido del Bastón de Laredo, y quatro Villas de la Costa, con todos sus Valles, y la provincia de Liébana, el corregimiento de Villarcayo, que encierra las Merindades de Castilla la Vieja, separadas sus Juntas, Villas y agregados; el partido de Castilla la Vieja en Burgos; y el partido de Miranda de Ebro, Madrid 1774.
[14] Este lugar se encuentra unos cien metros más abajo del actual puente, en una especie de remanso que hace el río, ya en territorio del pueblo de Zurita.
[15] SAN PEDRO MARTÍNEZ, Mª Azucena: El balneario de Puente Viesgo (1796-1936). El turismo balneario de interior en Cantabria, génesis, esplendor y decadencia de un espacio de ocio, Santander, Universidad de Cantabria y Fundación Marcelino Botín, 1993.
[16] Hay que tener en cuenta, además, que en 1834 aún no estaban del todo operativos los Ayuntamientos Constitucionales nacidos de la reforma de la Administración territorial llevados a cabo por el Gobierno de la Regencia de Isabel II. Elaborar este tipo de documentos para los cuatro precarios ayuntamientos toranceses recién constituidos, por consiguiente, tampoco sería tarea fácil.
[17] Aquí se entiende que los datos hacen referencia al conjunto del valle, es decir, incluidos sus cuatro Ayuntamientos constitucionales en que sería dividido.
[18] GONZÁLEZ ECHEGARAY, María del Carmen: Toranzo. Datos para la historia y etnografía de un valle montañés, Institución Cultural de Cantabria, Santander 1974, p. 37. Esta referencia aparece en el capítulo dedicado a varia y apéndice, y la autora no menciona la fuente de la cual tomó dicha información.
✒ Ramón Villegas López
Editor








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