LA CAPÍA: EL MONTE TOTÉMICO

    

    Longitud: 43º 18’ 13,94’’ N
    Latitud: 4º 0’ 49,20’’ W

    El Pico de La Capía (606 m) constituye la cima culminante de la Sierra del Dobra, una unidad fisiográfica demasiado pequeña como para conocer la evolución y la historia en la escala geológica de este macizo rocoso y su entorno. 
    Desde el punto de vista geológico, es destacable el hecho de que esta sierra se halla inscrita en la denominada «Franja Cabalgante del Escudo de Cabuérniga», unidad geológica de entidad propia, que en toda la historia geológica de la Cordillera Cantábrica ha tenido un comportamiento individualizado y diferente a su entorno. Esta unidad ha constituido, durante los últimos millones de años, una barrera sedimentaria; esto se ha traducido en una expresión litológica y estructural también diferente a la del contexto geológico en el que aparece (SOLAR, M., y ASENSI, M., 2008). 

Franja Cabalgante de la Sierra del Escudo de Cabuérniga (Fuente: Wikipedia.org).

    Las rocas calcáreas que forman la mayor parte de la Sierra del Dobra son de las más antiguas de Cantabria, las cuales se formaron en un ambiente marino hace unos 280 millones de años, en el Carbonífero[1] (Paleozoico Superior). Su pervivencia a lo largo de tan dilatado período de tiempo les ha permitido ser testigo de los dos episodios orogénicos más importantes, que han sido capaces de deformar la litología de Cantabria y responsable de la configuración estructural actual: la Orogenia Hercínica[2] y la Orogenia Alpina[3], episodios compresivos de los que conserva claras huellas de deformación la Sierra del Dobra. 
    Parece ser que durante este período hubo una sedimentación marina de facies nerítica
[4], como demuestra la presencia de fauna fósil propia de estos ambientes (foraminíferos arenáceos y fusilínidos).     Las facies de la mayor parte del Namuriense[5] y Westfaliense Inferior[6] son arrecifales, con algunos episodios de depósitos sedimentarios, de pizarras y areniscas. Con la Orogenia Hercínica se cerró un importante ciclo sedimentario que se prolongó durante gran parte del Paleozoico y del cual, en la Sierra del Dobra, permanecen como testigos las calizas de montaña.

La región cantábrica durante la orogenia alpina. Detalle de las fallas más importantes.

     Posteriormente, en el Pérmico, se favoreció la sedimentación con materiales de grano grueso, tópicos de abanicos aluviales, como son los conglomerados del Buntsandstein y Muschelkal (series del Triásico), que afloran en la vertiente norte del Dobra. 
    En el Jurásico Inferior (hace unos 180 Ma) la Península Ibérica comienza a separarse de América, arrastrada por la placa africana, al tiempo que se abre el Golfo de Vizcaya (entre 115 y 80 Ma). 
    Durante la Orogenia Alpina, en el Eoceno (Cenozoico o Terciario, hace unos 50 Ma), tuvo lugar un rejuvenecimiento de la antigua Cordillera Hercínica y la creación de la vecina Cordillera Pirenaica. Esta última orogenia configuró la actual estructura que se identifica en el sustrato rocoso del Monte Dobra y su entorno, sobre el que se ha sobreimpuesto el relieve que conocemos actualmente, a través de un proceso evolutivo que comenzó a finales del Terciario y se prolonga hasta nuestros días (IGME, 1990).
    Durante el Cuaternario, los procesos erosivos y sedimentarios han estado marcados por la respuesta de los agentes geológicos externos: la acción combinada de los procesos isostáticos
[7] y eustáticos[8]. El resultado ha sido el depósito de una serie de materiales detríticos[9], que forman la red de terrazas fluviales de los valles del Pas y Besaya.

Mapa de altitudes del término municipal de Puente Viesgo, escala 1:25.000. Elaboración propia.

 
Mapa del esquema tectónico del término municipal de Puente Viesgo, escala 1:50.000. Elaboración propia.

    El macizo del Dobra tiene una orientación Este-Oeste, que está constituido por un gran afloramiento de antiguos materiales del Paleozoico Superior y Triásico Inferior, que ocupan la práctica totalidad del Monte. La vertiente Norte es de naturaleza silícea, detrítica, bien estratificada, formada por areniscas, limolitas[10] y conglomerados del Trías Inferior y Medio (Bundsandstein). La vertiente Sur es, fundamentalmente, de naturaleza calcárea masiva (caliza de montaña). 
    Concretamente, el Pico Dobra, o de La Capía, está formado por conglomerados basales de la facies Buntsandstein
[11], que forma un resalte orográfico, debido a la erosión diferencial de estos materiales, que son más resistentes que los de su entorno. Se trata del afloramiento rocoso más extenso y representativo del Triásico y está formado por unos 400 metros de espesor (IGME, 1979), de areniscas cuarcíticas rojizo-blanquecinas, de grano medio a fino, cuyo color se debe a los óxidos de hierro (siderita) que cementan las partículas de cuarzo. Su tonalidad es característica de muchas de las casas de piedra del entorno del Monte.

Mapa del esquema geológico-litológico del término municipal de Puente Viesgo, escala 1:50.000. Elaboración propia.

    La intensa actividad tectónica del Monte a lo largo de los tiempos geológicos, se pone de manifiesto no solo en la presencia de la «Falla Cabalgante del Escudo de Cabuérniga», sino en la intensa fracturación que presenta la caliza de montaña, que ha evolucionado en superficie a un amplio campo de lapiaz[12] y de dolinas[13] (claramente visibles desde el camino de ascenso a La Capía) y en el interior del macizo, a una densa red de galerías subterráneas o endokarst. 
    Son visibles, también, los dos tipos de sistemas de modelado implantados en el monte, ambos controlados por el tipo de roca aflorante, siendo la litología del macizo rocoso el factor que se impone como uno de los mayores condicionantes de la morfología. Tal es así, que este factor condiciona no solo las formas del terreno, sino también la presencia o ausencia de la escorrentía superficial, e incluso el tipo de vegetación, que va a adoptar unas características muy distintas, a un lado y a otro del monte. Así, en la mitad Sur, el tipo de morfología que predomina es, casi exclusivamente, producto de los procesos kársticos, junto a algún que otro canchal. Se trata de un paisaje carente de incisiones fluviales, puesto que todo el drenaje de las aguas discurre de forma subterránea.
    En la mitad Norte, sin embargo, el modelado dominante es de tipo poligénico, producto de la interacción sobre el terreno de varios procesos o agentes físicos: el gravitacional (debido a la gravedad), las aguas de arroyada y las aguas concentradas, siendo el primero el que mayor peso adquiere en el modelado de laderas. 
    En fuerte contraste con el paisaje intensamente calcáreo de origen marino de la vertiente Sur del monte, toda la vertiente Norte (en la que está inscrita Las Presillas) está constituida por un amplio afloramiento de materiales terrígenos, de naturaleza continental triásica, que descansa de forma discordante sobre las series paleozoicas carbonatadas (calizas de montaña). Así pues, la expresión morfológica y paisajística de estos materiales es totalmente opuesta a las de las calizas dominantes de la vertiente Sur; son rocas que permiten la formación de suelo, e implantación de una densa cobertera vegetal, que solo permite la aparición de rocas en los afloramientos más escarpados, formados por conglomerados y areniscas de grano grueso, como las del Pico de La Capía.
    No menos importante es la impronta morfológica que está dejando la acción humana sobre el Monte, fruto de la intensa actividad minera, que conlleva grandes movimientos de tierras, junto a la actividad forestal e infraestructuras, sobre todo carreteras y pistas de montaña, para dar servicio a estas actividades. 
    La sierra del Dobra está compuesta por una alineación de picos, de dirección Este-Oeste, que resaltan entre las crestas calizas y silíceas limitadas por las hoces de los ríos Pas y Besaya. A lo largo de los cerca de 120 km de recorrido, predominan las peñas calcáreas, separadas por portillos o collados, frente a los picos y lomas de areniscas y conglomerados. En la mitad oriental de la Sierra, donde los montes triásicos alcanzan mayor entidad, con la culminación del Pico Dobra o Pico de La Capía (606 m), junto al Navedo (438 m), y el Pico de La Mesa (362 m). La vertiente Norte es más tendida que la vertiente Sur, que presenta una brusca ruptura de pendiente, con un desnivel medio de un 54% y poca presencia de vegetación arbórea y arbustiva.
    Existe una divisoria de aguas que discurre, siguiendo, aproximadamente, la dirección del contacto entre las areniscas triásicas y las calizas carboníferas, a partir de la cual, en la vertiente Norte se comienzan a marcar las incisiones fluviales. Desde el Pico de La Capía hacia el Alto de La Montaña y el Pico Sisos, se sitúa la divisoria de aguas entre los valles del Besaya y del Pas. Desde el Pico de La Capía y hacia el Sur, la divisoria de aguas entre estos dos grandes ríos queda dibujada por la línea que se dirige al Alto del Campo de Las Cercas, pasando por el Collado de Rascampo, el cual separa los afluentes del Besaya de los del Pas. 
    Las vertientes septentrionales del Monte Dobra están siendo erosionadas por acciones sucesivas de la gravedad, a través de deslizamientos (argayos) y reptación de suelos, así como por acción de las aguas de escorrentía superficial concentrada en forma de arroyos, que son los encargados de realizar incisiones en el terreno; a partir de estas, se producen laderas inestables que se desmoronan y erosionan, merced a los procesos gravitacionales, que son los que mayor tasa de erosión generan. Esta parte de la Sierra del Dobra posee un relieve más suave y redondeado que el área meridional, disponiendo de un suelo bien desarrollado, que ha facilitado la implantación de una densa cobertera vegetal, actualmente muy intervenida por los usos del suelo forestales y ganaderos, cuya expresión paisajística es totalmente diferente a la de la vertiente sur del Monte.
    Acerca de estos usos forestales en el Monte Dobra, cabe destacar la presencia en el mismo del Monte Público «Dobra-Porcales» (número provisional 377-cráter del CUP), con una superficie aproximada de 256,20 ha, localizado íntegramente en terreno de Las Presillas
[14].
    En otro orden de cosas, en el Monte Dobra existen diversos enclaves arqueológicos de diferente entidad, algunos de gran importancia, que ponen de manifiesto una prolongada e ininterrumpida ocupación humana del espacio, ya desde tiempos prehistóricos. El propio topónimo Dobra es de origen prerromano, pues deriva de «dubr-a» (del celta «dubron», río o corriente de agua) (GONZÁLEZ RODRÍGUEZ, 1999).
    Los testimonios arqueológicos más antiguos del Monte tienen su presencia en la Prehistoria, pues arrancan del Paleolítico Inferior y se sitúan en el extremo oriental del macizo, concretamente en el Monte Castillo, en Puente Viesgo. El conjunto troglodita de este enclave está conformado por cinco cuevas prehistóricas: El Castillo, La Flecha, La Pasiega, Las Chimeneas y Las Monedas, las cuales (salvo La Flecha) han sido nombradas Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO. Durante la Edad del Bronce, las Cuevas del Monte Castillo han aportado testimonios arqueológicos, consistentes en lugares de enterramiento relacionados con este tipo de manifestaciones funerarias.
    Ya en la Edad del Hierro, la Sierra del Dobra cuenta con los primeros emplazamientos castreños que se conocen en Cantabria: el castro de Las Lleras (encima de Mata de Buelna), estudiado por el arqueólogo Ramón Bohigas Roldán, y el castro de Las Varizas (encima de Sovilla de Buelna). Ambos se adscriben a la época de los cántabros (desde principios del siglo VIII a. de C., hasta finales del siglo I a. de C.). 
    En relación con la época romana, existen evidencias de los siguientes castros: el del Pico Toro (al pie de la cantera «Covadonga», en el Valle de Buelna) y el lugar fortificado de Jarramaya (situado al oeste de La Capía, al sur del «Sumidero de Las Palomas»). En las proximidades del Pico de La Capía se han encontrado algunos de los testimonios epigráficos de época romana más significativos de la región; así pues, existe un amurallamiento del cual aún hoy se conservan varios lienzos.
    Otro símbolo identificativo está visible en el propio Pico de La Capía, merced a una inscripción inédita con posible dedicatoria al dios Júpiter, dios supremo del panteón romano. Dicha inscripción está grabada sobre uno de los afloramientos rocosos de la ladera sureste de La Capía, en territorio netamente de Las Presillas.
    Así pues, en letras capitales relativamente regulares de tipo latino, de unos 8 cm de altura, aparece: I M / O. La O aparece en la siguiente línea bajo la I, y la inscripción pudiera restituirse como una característica dedicatoria a Júpiter: I(ovi) O(ptimo) M(aximo): «A Júpiter, el mejor, el más grande». El afloramiento rocoso de arenisca triásica en el que está grabado está situado en una pequeña campa, situada al mismo pie del Pico de La Capía, al sureste, y cerrada por un amurallamiento, afeada por numerosos grafitos modernos, lo que aparentemente haría problemática una asignación cronológica fiable a la época romana. A pesar de ello, las letras capitales son del tipo utilizado en la epigrafía latina, bastante diferentes de las demás inscripciones que las rodean, y que se encuentran mucho más desgastadas por la erosión que estas. Otro hecho a tener en cuenta es que las letras de dicha inscripción romana han sido repiqueteadas con un cincel, mientras que los demás grafitos modernos han sido grabados mediante la simple incisión de un cuchillo o navaja (ESQUIVIAS SAINZ-PARDO, 2023).

Inscripción en La Capía: Júpiter: I(ovi) O(ptimo) M(aximo). Fotografía Antonio Esquivias.

 
Estela o ara votiva de La Capía, expuesta en el MUPAC (Santander). Fotografía Antonio Esquivias.

    También se encontró cerca de la cima un ara votiva, también de época romana, consagrada a la deidad pagana Erudinus. Conocida como el «Ara del Dobra», fue descubierta por el arqueólogo Hermilio Alcalde del Río en 1925 y se encuentra actualmente en el MUPAC[15]. Por todo ello, se trata de sendos documentos epigráficos de época romana, relacionados con el carácter sacro de esta montaña y de los cultos, que a buen seguro, se celebraban en la misma. 
    Durante la Edad Media, se construyeron algunas fortificaciones medievales, como la situada en el Castillo, en Puente Viesgo (354 m), identificada como un castillo de época altomedieval (BOHIGAS ROLDÁN, 1986) (VALLE, SERNA y MARTÍNEZ, 2003). Se trata de una serie de estructuras con unas dimensiones de unos 30 m de largo, por 13 m de ancho, que en la actualidad se encuentran en un estado de visible abandono.

El Pico de La Capía, visto desde Las Presillas. Fotografía Carlos Rivero.
   
    Por lo que respecta a las manifestaciones religiosas, en el Monte Dobra aún existen evidencias de algunas ermitas que tuvieron su impronta en época medieval, pero que ya no se mantenían en pie en el siglo XIX. A pesar de la confusión que plantean numerosas citas de varios autores y documentos, parece ser que junto a la cumbre del Pico de La Capía existió una pequeña capilla o ermita, llamada ermita del Agudo o capilla de Agudo, cuya denominación posteriormente pasó a la ermita de San Cristóbal […], situada en la braña homónima, unos cientos de metros más abajo de la que se ha descrito con anterioridad. 
    En un documento del Libro de Actas del Concejo de Las Presillas, en su folio nº 5, con motivo de un escrito en 1892 sobre el deslinde efectuado en el año 1818[16], se dice lo siguiente: «Inmediato a ella (se refiere a una fuente) va a estar un mojón de tres o cuatro pies de altura, y una cruz en la cumbre que se renovó. Sigue a la capilla de Agudo en la que está el mojón de Toranzo, Torrelavega y San Felices con tres cruces nuevas y termina» (ESQUIVIAS SAINZ-PARDO, 2023).

Junto al hito divisorio entre Toranzo y Buelna, de 1818. Fotografía Antonio Esquivias.

    La ermita de San Cristóbal, situada sobre la braña homónima, en las estribaciones orientales del Pico de La Capía, dentro del Monte de Las Presillas, la cual ermita dio nombre a la cumbre más alta de la Sierra del Dobra, pues «la capilla» derivó en «La Capía» más adelante (REIGADAS, 1994). En segundo lugar menciona la iglesia de Santa Mª del Monte, junto a este antiguo barrio, perteneciente a Puente Viesgo, de la que solamente se conserva la benditera y la pila bautismal, objetos alojados en las casas que aún quedan en pie; estuvo ubicada (según testimonios orales) en el cotero situado al este del caserío existente, junto a un silo para el ganado (GONZÁLEZ ECHEGARAY, 1988). Por último, una ermita dedicada a Nuestra Señora, se localizaba en el Pico del Castillo, también en Puente Viesgo, a las faldas de este monte, dando vista a Aés (GONZÁLEZ ECHEGARAY, 1988), o bien en las proximidades de la cima, dando vista a Corrobárceno (VALLE, SERNA y MARTÍNEZ, 2003).
    En el monte, antaño, tuvieron lugar actividades agrarias asociadas a los aprovechamientos que proporcionaban los recursos mineros, agrícolas y forestales, de los que apenas restan testimonios visibles, más que recuerdos nostálgicos en la memoria de nuestros mayores, o tenues reflejos en la realidad vivida. Por ello, podemos afirmar, no sin cierta tristeza, que los viejos usos mineros, pastoriles y forestales ya han desaparecido casi en su totalidad. 
    Los vehículos a motor llegan hoy hasta las brañas y, aquellas donde no llegan estos, sencillamente se abandonan; nadie se queda a guardar el ganado en los viejos chozos, parapetos y cabañas, pues vacas, cabras y ovejas de monte se llevan incluso en camiones o vehículos todo-terreno a enverengar
[17]. Los viejos edificios pastoriles se arruinan y derrumban, por lo que las brañas las vemos cada vez más desiertas y silenciosas (GARCÍA ALONSO, 2007).
    La consolidación de la enorme transformación que José Ortega Valcárcel presagiaba a mediados de los años 70 se aprecia en la imagen percibida en el espacio rural, en general, y de monte, en particular. La dramática reconversión que se ha producido, como consecuencia de la plena incorporación de España en la UE, generando un mercado más abierto y competitivo, así como la dramática reconversión que está diezmando la población agraria, junto a la proximidad a los núcleos fabriles, sumado al constante éxodo en el campo, ha acelerado este proceso de abandono y deterioro del medio rural, en general, y de los espacios de monte (mucho más sensibles), en particular. Por ello, nuestros mayores, que se han visto obligados a abandonar sus explotaciones, ya no encuentran quienes continúen su ancestral forma de vida.
    Como resultado, nos encontramos con un patrimonio etnográfico, arquitectónico e histórico en venta o en visible abandono, muchas veces transformado para usos residenciales o turísticos, cuando no abocado a su paulatina ruina y desaparición, visible principalmente en las áreas marginales, como son los espacios del Monte Dobra. Únicamente se atestigua cierta continuidad en las tareas asociadas a la actividad extractiva y minera, para uso industrial, pero que apenas afectan a las poblaciones de los núcleos circundantes. 
    Hoy en día, no obstante, estos espacios del Monte Dobra, en especial en el denominado Monte de Las Presillas, aún conservan restos evidentes de los ancestrales usos mineros y agrarios, que se proyectan en: humildes construcciones pastoriles, minas y caleros, fuentes y neveros, viejas cercas y paredes, callejas, caminos y antiguas veredas transhumantes, brañas
[18] y seles[19], y otros muchos elementos que nos hablan de unos modos de vida ya pasados, pero que denotan una forma de vida, de entender, organizar y dominar unos espacios agrestes, pero especialmente bellos y útiles para la sociedad. Por ello, conviene no olvidarse del estudio, tanto de la toponimia como de la tradición oral, pues los nombres de estos múltiples espacios constituyen elementos etnohistóricos muy relevantes para el esclarecimiento y explicación del paisaje resultante (paleopaisaje). «La toponimia da nombre, es decir, constituye una apropiación mental del espacio con un alto valor social, al tiempo que lo deslinda y define. Se convierte en una realidad, manejable por el hombre que allí vive y en coherencia con su propia forma de vida. Por otra parte, los topónimos aparecen en un determinado momento de la historia del lugar y evolucionan también con su devenir. Así pues, en muchas ocasiones, nos revelan otros modos de vida, otras maneras y decires, y nos ofrecen pistas sobre la evolución de técnicas y manejos aplicados a los recursos disponibles» (GARCÍA ALONSO, 2007).


Ántonio Esquivias Sainz-Pardo


[1] Forma de disolución negativa, que genera irregularidades en la superficie de la roca. Explota las líneas de debilidad, creando formas lineales u ordenadas en función de la estructura y la textura de la roca. El más común es el lapiaz de agujas, que presenta formas positivas torreadas y piramidales.

[2] Depresiones cerradas de contorno circular, apareciendo comúnmente agrupadas en campos de dolinas. Se generan a favor de las debilidades tectónicas, diaclasas, fallas, cruces de fracturas, etc., a partir de los cuales se genera un ensanchamiento paulatino, por disolución, que modela los bordes. Su forma es variable, así como su génesis, en relación con la litología, la tectónica, la estratigrafía y los procesos morfoclimáticos dominantes. Las más comunes son: dolinas de disolución, de colapso, de subsidencia, de sumidero, etc.

[3] BOC nº 235, jueves 7 de diciembre de 2000, p. 8.684. Consejería de Ganadería, Agricultura y Pesca. Dirección General de Montes y Conservación de la Naturaleza (en Catálogo de «Montes de Utilidad Pública de Cantabria»).

[1] El Carbonífero es un periodo de la era Paleozoica. Abarca desde el final del Devónico (hace 359,2 ± 2,5 millones de años) hasta el principio del Pérmico (hace 299,0 ± 0,8 millones de años). Recibe su nombre de los enormes yacimientos de carbón de esa edad encontrados en Europa Occidental. El descenso global en el nivel de los océanos al final del periodo Devónico se invirtió pronto en el Carbonífero; esto hizo que las aguas cubrieran ciertas áreas continentales y se produjeran importantes depósitos de sedimentos carbonatados.
[2] La orogenia varisca o hercínica es un evento geológico de formación de montañas, debido al movimiento de las placas tectónicas sobre el manto terrestre, que se produjo al final del Paleozoico, entre finales del Devónico, hace unos 380 millones de años y mediados del Pérmico, hace unos 280 millones de años. Fue el producto de la colisión entre las grandes masas continentales de Euramérica (o Laurussia) y Gondwana, incluyendo las masas más pequeñas de Armórica y Avalonia, y supuso una parte significativa en la integración del supercontinente Pangea.
[3] Proceso geológico (ocurrido durante el Eoceno, unos 50 Ma) que, debido a la convergencia de las placas tectónicas europea y africana, y asiática, originó en la zona de colisión el levantamiento de las cordilleras del sur de Europa, el norte de África y Asia. En concreto, se formaron de oeste a este: Atlas, Pirineos, Alpes, Alpes Dináricos, Pindo, Balcanes, Taurus, Cáucaso, Montes Elburz, Zagros, Hindu Kush, Pamir, Karakórum e Himalaya. En la actualidad, el proceso aún continúa en algunas de las cadenas montañosas alpinas.
[4] Ambiente sedimentario marino de la franja limitada por el dominio de las mareas y el borde de la plataforma continental.
[5] Serie del Carbonífero Superior, definida en las cercanías de Namur (Bélgica) y que abarca desde hace 333 Ma a 315 Ma).
[6] Serie del Carbonífero Superior, caracterizada por fases marinas, entre las que se intercalan episodios continentales, con capas de carbón.
[7] Responsables de los ascensos de la corteza continental, los cuales han favorecido el encajamiento de la red fluvial.
[8] Relacionados con la sucesión de períodos glaciales, causantes de los descensos y ascensos del nivel del mar, con el consiguiente encajamiento de la red fluvial.
[9] Se aplica a la roca sedimentaria, que está formada por restos de otras rocas transportadas por el viento, el agua, o los glaciares (caso de la arcilla, pues es una roca de grano fino).
[10] Roca sedimentaria constituida por unas partículas, con un tamaño correspondiente al limo (entre 20 y 2 micras). Carece de fisibilidad y láminas.
[11] Esta facies del Trías Germánico, constituida por una serie sedimentaria, se depositó en un medio continental de abanicos y canales aluviales. El clima de Cantabria era, durante esta época geológica (entre 230 y 190 Ma), cálido y semiárido, con abundantes lluvias.
[12] Forma de disolución negativa, que genera irregularidades en la superficie de la roca. Explota las líneas de debilidad, creando formas lineales u ordenadas en función de la estructura y la textura de la roca. El más común es el lapiaz de agujas, que presenta formas positivas torreadas y piramidales.
[13] Depresiones cerradas de contorno circular, apareciendo comúnmente agrupadas en campos de dolinas. Se generan a favor de las debilidades tectónicas, diaclasas, fallas, cruces de fracturas, etc., a partir de los cuales se genera un ensanchamiento paulatino, por disolución, que modela los bordes. Su forma es variable, así como su génesis, en relación con la litología, la tectónica, la estratigrafía y los procesos morfoclimáticos dominantes. Las más comunes son: dolinas de disolución, de colapso, de subsidencia, de sumidero, etc.
[14] BOC nº 235, jueves 7 de diciembre de 2000, p. 8.684. Consejería de Ganadería, Agricultura y Pesca. Dirección General de Montes y Conservación de la Naturaleza (en Catálogo de «Montes de Utilidad Pública de Cantabria»).
[15] Museo de Prehistoria y Arqueología de Cantabria, sito en el Mercado del Este, de Santander.
[16]  Libro de Actas del Concejo de Las Presillas. Copia de un deslinde en 26 de octubre de 1818 (Folio nº 5 copiado en el año 1892, siendo presidente D. José Vicente Vitorero).
[17] Antigua actividad pastoril consistente en alojar o situar el ganado en los pastos de montaña durante el advenimiento del buen tiempo, especialmente en verano.
[18] Viene de veranea>branea>braña, con el significado de pastizal de verano. Al oriente del río Besaya está más extendida la voz «brena» y sus derivados: breniza o braniza.
[19] Palabra de origen latino, derivación romance del latín sedile, que significa lugar de refugio para el ganado comunal. 

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