JOAQUÍN IBÁÑEZ DE CORBERA Y ESCALANTE. UN GRAN MARINO DE SAN ANDRÉS DE LUENA

    Entre la numerosa y acreditada nómina de toranceses ilustres que a lo largo de la historia fueron verdaderamente importantes, destaca con luz propia un selecto ramillete de marinos y gente de mar del que pocos territorios de la categoría de Toranzo pueden vanagloriarse: hablamos de personajes como los hermanos Bustamante y Guerra, Francisco y José Joaquín, nacidos en Alceda-Ontaneda, esos dos pueblos que hoy tal parecen uno; Fernando Bustillo de la Cueva, natural de Penilla, o el luenés Joaquín Ibáñez de Corbera y Escalante, al cual dedicaremos los siguientes párrafos.
    Nació este santo varón en San Andrés de Luena el 28 de septiembre de 1776, en una casona que aún se conserva al lado de la iglesia del lugar, llamada la Rectoral, edificada en 1765 y en cuya fachada lateral vemos señoreando todavía su escudo de armas. Eran sus padres Joaquín Ibáñez de Corbera, señor del lugar de Prejano, y María Clara de Escalante. Contrajo matrimonio con Antonia Velarde y Santiyán, natural de Muriedas —hermana del héroe del 2 de mayo de 1808 para más señas—, naciendo de su unión una hija, Carmen Ibáñez de Corbera y Velarde. De familia noble y acomodada, estudió en el colegio de los Escolapios de Villacarriedo, como hacían en aquellos tiempos los hijos de buena familia en La Montaña.
 
San Andrés de Luena. Casa natal del brigadier Joaquín Ibáñez de Corbera.
 
    Con 15 años sentó plaza de guardiamarina en Ferrol en abril de 1791. Una vez acabados sus estudios, en febrero de 1793, embarcó en el navío Magnánimo, que se incorporó a la escuadra de Francisco de Borja por el Mediterráneo. Declarada la guerra con la república francesa, se dirigió al golfo de Parma, en Cerdeña, participando del apresamiento de la fragata Elena y de la quema de la Rinchont. Igualmente ocupó a viva fuerza las islas de San Pedro y San Antíoco, que antes pertenecían al rey de Cerdeña y ahora se hallaban en poder de los republicanos franceses. Siguió con la mencionada escuadra cruzando sobre las costas de Italia y Francia, protegiendo las operaciones de los ejércitos piamonteses y napolitanos, sobre las riberas del Vocrar, pasando después a Cartagena y luego a Cádiz, siendo ascendido a alférez de fragata el 23 de octubre de 1793.
    Pasó en octubre del año siguiente al navío San Francisco de Asís, navegando por las islas Terceras durante cincuenta días. En mayo de 1794 se incorporó al bergantín Peruano, con el que salió de Cádiz para una misión a Canarias y otra a Ceuta y Algeciras. Regresó a Cádiz y salió para Lima en agosto, donde estuvo realizando escoltas, persiguiendo contrabandistas y llevando caudales a Montevideo, a donde llegó el 15 de octubre y posteriormente al Callao de Lima el 12 de febrero de 1795. El 20 de abril siguiente salió nuevamente con el bergantín Peruano a cruzar sobre África en persecución de contrabandistas hasta el 10 de mayo, transbordando a la fragata Rosalía el 1 de noviembre, regresando con ella a Montevideo conduciendo caudales, en conserva de varios buques fondeando en el Río de la Plata el 12 de abril de 1796, regresando a Cádiz el 30 de junio. Por desarme de la fragata embarcó en el bergantín Atocha el 6 de agosto sucesivo, practicando comisiones a Tánger, Algeciras, Ceuta y Cartagena. Transbordó a la corbeta Descubierta el 12 de noviembre y salió de Cádiz con azogues para Montevideo, a donde llegó en diciembre. Una vez allí fue enviado a numerosas misiones por la isla de Lobos, Río de la Plata, isla Santa Catalina e islas Malvinas. El 27 de enero de 1797 recibieron orden de prepararse para una comisión a la que salieron con pliegos cerrados que debían abrirse a vista de puerto, la cual consistió en cruzar un mes sobre la isla de Lobos y concluida regresaron al mismo puerto. El 15 de mayo siguiente salió en conserva de la fragata Clara y a las órdenes de su comandante, el capitán de fragata José Cayetano García de Quevedo y Chiesa (quien fue el último comandante del navío Montañés desde 1808 hasta 1810).
 
Navío de 70 cañones San Juan Nepomuceno, hermano del San Francisco de Asís. Ambos construidos en los astilleros de Guarnizo, formaron parte de la dilatada lista de barcos en los que sirvió nuestro protagonista. Museo Naval de Madrid.
 
    El día 17 de mayo sostuvo un combate contra una fragata inglesa de 40 cañones, la cual se escapó muy maltrecha aprovechando la noche. De regreso a Montevideo nuestro marino volvió a salir en conserva de las fragatas Leocadia, Magdalena y Clara con comisión de cruzar sobre la boca del Río de la Plata y a la vista de la isla de Santa Catalina, regresando al mismo puerto en noviembre de 1797. El 6 de febrero de 1798 salió para las islas Malvinas, permaneciendo hasta el 9 de abril, regresando a Montevideo el 30 de mayo. En agosto condujeron medio millón de pesos desde Montevideo a Buenos Aires y después tuvieron orden de levantar el plano del Río de la Plata y la ensenada de Barragán. En febrero de 1800 volvieron a las islas Malvinas donde permanecieron hasta el 9 de abril de 1801, regresando a Montevideo. En marzo de 1802 le destinaron al bergantín Palomo, con el que volvió a Cádiz, embarcando a su llegada en el navío Concepción, que pasó a desarmar a Ferrol, siendo ascendido a alférez de navío el 5 de octubre de 1802 y destinado al servicio de arsenales, para después embarcar nuevamente en la corbeta Mercurio en agosto de 1804.
    Al inicio de la guerra contra Gran Bretaña se le confió el mando de una cañonera del Apostadero de la Graña (Ferrol), siendo ascendido a teniente de fragata en diciembre del mismo año.
    En febrero de 1805, año nefasto en la historia de la Marina Española, embarcó en el navío Príncipe de Asturias como ayudante del general Domingo de Grandallana. En junio de este año pasó a la corbeta Mercurio y se incorporó a la escuadra combinada de Villeneuve y Gravina, con la que fue hasta Cádiz, donde se desarmó la corbeta el 2 de octubre, embarcando posteriormente en el navío San Juan Nepomuceno, construido en las gradas de Guarnizo y mandado por el célebre Cosme Damián de Churruca, con el que participó en la aciaga batalla de Trafalgar, el 21 de octubre de 1805. Como resultas de este combate fue hecho prisionero y conducido a Gibraltar, de donde regresó a Cádiz. Cuenta Francisco de Pavía en su Galería biográfica de los Generales de Marina…  que en esta batalla tuvo un comportamiento bizarro y digno, siendo el San Juan Nepomuceno unos de los navíos que mejor se batieron.
 
La batalla de Trafalgar, según un cuadro inglés conservado en el Royal Museum de Greenwich. Licencia Wikimedia Commons.
 
    El 28 de octubre tuvo un nuevo puesto en el navío Santa Ana, al mando de las cañoneras 33 y 48 asignados a dicho buque y pertenecientes al apostadero de la puerta de Sevilla, con los que protegió el comercio de cabotaje de la costa de Poniente, sosteniendo repetidas acciones contra los buques de guerra ingleses. En noviembre fue ascendido a teniente de navío. Luchó con una de las cañoneras contra la escuadra francesa del general Rosily en Cádiz en junio de 1808, logrando su rendición.
    A continuación transbordó en agosto del siguiente año al navío San Fulgencio, con el que salió para Lima en octubre, tardando diez meses y medio en su viaje de ida y vuelta. A su regreso embarcó en el navío Príncipe de Asturias y fue ayudante de su insignia. En agosto de 1810 tuvo el mando de la Segunda División de Tropa que salió para Moguer y Huelva, y en marzo de 1811 participó en el ataque de las fuerzas sutiles a El Puerto de Santa María y en la batalla de Chiclana, siendo condecorado años después con la Cruz de distinción y con la de Marina laureada por sus servicios en estos combates.
    En febrero de 1813 se le dio el mando de la goleta Patriota como teniente de navío, marchando desde Cádiz con un convoy a Málaga, Alicante y Mallorca, regresando con un convoy de 25 velas.
 
Joaquín Ibáñez de Corbera también tuvo una participación meritoria en la Guerra de la Independencia. Pintura que representa la batalla de Chiclana, que tuvo lugar el 5 de marzo de 1811. Licencia Wikimedia Commons.
 
    Transbordó más tarde como comandante al bergantín Descubridor, en julio del mismo año, carenó y aparejó en Cádiz navegando posteriormente hasta Canarias, Puerto Rico y La Habana, desde donde volvió agregado al convoy de la fragata Venganza, que escoltaba siete buques mercantes. Tuvo un combate contra una goleta insurgente, de superior fuerza, el corsario tenía 140 hombres y el bergantín Descubridor solo 80, rechazando hasta cinco abordajes, acción por la que fue ascendido a capitán de fragata en octubre de 1814 y se le concedió la Cruz de la Marina de Diadema Real. Quedó desembarcado en marzo de 1815.
    En septiembre de 1817 tomó el mando de la corbeta María Isabel, con la que salió de La Coruña hasta La Habana, llegando en diciembre de 1817. El 15 de enero de 1818 fue comisionado para llevar pertrechos de guerra a Baracoa, Gibara y Nuevitas en Cuba, volviendo en conserva de varios mercantes. En mayo de 1818 fue con la corbeta María Isabel, en compañía de la corbeta María Francisca, el bergantín Almirante y la goleta Patriota, escoltando varios buques mercantes hasta Campeche, desde donde debía hacerse cargo de todas las pertenencias de la fragata Ifigenia, que había sido dada de baja por su mal estado, regresando a La Habana en agosto.
    En febrero de 1819 fue comisionado a perseguir piratas y corsarios, auxiliar y acompañar buques mercantes por aguas del Caribe hasta abril, en que volvió a La Habana. Más adelante, en mayo, fue escoltando mercantes hasta Omoa y Trujillo con correspondencia del reino de Guatemala y volvió a La Habana con caudales, frutos preciosos y buques de convoy. En julio de este mismo año de 1819 fue enviado con el bergantín San Fernando a navegar por el cabo de San Antonio con el fin de perseguir a los barcos enemigos que se sospechaba actuaban por allí, regresando en agosto. El 27 de septiembre fue destinado a un nuevo crucero desde el meridiano de Bahía Onda, al sur de la isla de Cuba hasta la boca del canal, comisión que realizó hasta el 11 de octubre que entró en La Habana. El día 19 pasó a estacionarse en el puerto de Cuba para establecer constantes cruceros al Sur de la isla y sobre Punta Maysi por las noticias de buques enemigos que se tenían. Allí estuvo, además, haciendo convoyes a buques mercantes y realizando cruceros. Regresó el 7 de julio a La Habana con cuatro buques cargados de esclavos y conduciendo caudales. Posteriormente tuvo órdenes para seguir haciendo lo mismo en distintos lugares como la boca de Matanzas, a pesar de la escasez de gente con la que se hallaba. En septiembre se le comisionó con el fin de cruzar para resguardo y defensa de aquellas aguas. Continuamente se empleó en proteger aquellas costas, escoltar convoyes y conducir artillería, pertrechos y caudales hasta el 28 de febrero de 1821 en que entregó el mando de la corbeta María Isabel, regresando a Cádiz en la fragata Pronta el 3 de julio. 
 
El mar Caribe en el primer tercio del siglo XIX, según un mapa alemán de la época. Licencia Wikimedia Commons.
 
    Pidió entonces nuestro marino luenés una licencia hasta el 4 de mayo de 1823, que se presentó en el Departamento de Ferrol y se le nombró Segundo Comandante de aquellos arsenales, puesto en el que sirvió hasta que el 20 de abril de 1824, fecha en que se le dio el mando de la fragata Lealtad. Más tarde pasó al servicio pasivo de la Armada por problemas de salud y su escasez de vista y ascendió a capitán de navío en enero de 1826, confiriéndosele en propiedad la Comandancia de Marina del Tercio Naval de Santander.
    Cuenta Francisco de Pavía en su obra ya referenciada que cumplió este cometido con la rectitud y buen desempeño que tenía por costumbre. Desde 1833, al iniciarse la guerra civil, la llamada Primera Guerra Carlista, y convertirse Santander en el cuartel general de las fuerzas del mar, prestó servicios muy señalados, tanto en la formación de las fuerzas sutiles como en el embarque y desembarque de tropas y búsqueda de recursos. Estimados sus servicios, fue ascendido a brigadier en abril de 1836 y se le concedió la Cruz de Comendador de la Real Orden Americana de Isabel la Católica, la Supernumeraria de Carlos III y la merced de Hábito en la Orden Militar de Calatrava. En junio de 1837 fue encargado del mando de la Comandancia General; mando militar de Santander, comandancia del Tercio y capitanía del puerto, desempeño que realizó hasta agosto de 1837. Su quebrantada salud y el cúmulo de trabajo hicieron que no le fuera posible continuar en la carrera militar.
    Fueron muchos los disgustos que tuvo en esta última etapa, siendo uno de los más preocupantes la insubordinación del Regimiento de la Princesa y provincia de Segovia a su paso por Santander. El regimiento se resistió a continuar su viaje y exigió algunas pagas que se les debían para proseguir. Formados en la Alameda Segunda llegaron al extremo de desobedecer las órdenes de sus jefes, adelantándose la Compañía de Granaderos a cargar sus armas amenazando a todo el que obedeciese, con gran escándalo de la población de Santander que era testigo de los hechos. Tal acto de indisciplina fue contenida por el brigadier Joaquín Ibáñez de Corbera, que, ante la gravedad de los hechos, se presentó en la formación y supo convencerles de los daños irremediables de su conducta para ellos, el trono y la patria. Mandó, con voz enérgica, que se pusiesen en marcha, ejecutándolo los batallones en medio del mayor silencio, viéndose libre la ciudad de lo que podía haber sido un conflicto muy serio. Este problema influyó mucho en la decisión del brigadier para pedir su relevo en el mando de la provincia, que se le concedió por Real Orden de S. M. de 31 de agosto, en la que se le manifestaba lo satisfecha que estaba por el celo, prudencia y energía con que se había conducido en lances tan apurados, otorgándole la Cruz de Tercera Clase de la Real y Militar Orden de San Fernando. Continuó con el mando del Tercio Naval hasta que fue ascendido a jefe de escuadra exento del servicio, en noviembre de 1843.
    Obtuvo la Gran Cruz de la Real y Militar Orden de San Hermenegildo .
 
Santander a mediados del siglo XIX.
 
    Falleció el general torancés Ibáñez de Corbera en Santander el 24 de septiembre de 1852. Francisco Pavía añade que «… el General Corbera reunía las cualidades de los antiguos caballeros, era honrado, valiente y pundonoroso, conservándose su recuerdo con respeto en la Armada Española».
 
[1] PAVÍA y PAVÍA, Francisco de Paula: Galería biográfica de los Generales de Marina, jefes y personajes notables que figuraron en la misma corporación desde 1700 a 1868. T.II, Madrid, Imprenta de F. García y D. Caravera, págs 288-296.

 [2] Las biografías de este marino y otros coetáneos, cántabros de nacimiento e igualmente importantes, se pueden consultar el libro de Alfonso García Aranzábal El Montañés y su tiempo: un navío cántabro al servicio de su majestad (1794-1810), editorial Librucos, Santander 2020.

Alfonso García Aranzábal
Médico y escritor, miembro de la Sociedad Cántabra de Escritores

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